La Finca Inamovible
La Finca
Inamovible

Nos contaron la Independencia como si fuera un génesis. Un acto de creación divina ejecutado por semidioses a caballo. Bolívar, San Martín, O’Higgins: los arquitectos sagrados que, de la arcilla de un continente oprimido, moldearon naciones libres. Es el mito fundacional, el evangelio cívico que nos enseñan a recitar desde niños, con la mano en el corazón y la mirada perdida en el bronce de las estatuas. Es una historia hermosa, potente y, sobre todo, profundamente falsa.
Porque la Independencia, despojada de su utilería romántica, no fue una liberación; fue un traspaso de propiedad. Fue la operación notarial más grande de la historia moderna, una transferencia hostil de activos en la que una junta directiva con sede en Madrid fue reemplazada por una gerencia local. La gran finca que llamamos América no fue desmantelada. Simplemente, cambió de dueño. Y la inmensa mayoría de sus habitantes, los peones de la tierra, los esclavos del ingenio, los siervos de la mina, solo vieron cambiar el rostro del amo en el balcón de la casa grande. La finca, en su estructura fundamental de explotación, permaneció inamovible.
Para entender esta transacción, hay que meterse en la cabeza del criollo. No era un revolucionario incendiado por la injusticia social; era, ante todo, un gerente frustrado. Durante tres siglos, su clase había acumulado una riqueza inmensa. Eran dueños de la tierra, de los hombres que la trabajaban, del oro que se extraía de sus entrañas. Tenían el poder económico real, pero el poder político formal les era negado. Eran los amos de facto, pero súbditos de segunda ante cualquier funcionario mediocre recién llegado de la Península.
La corona española, especialmente bajo el despotismo ilustrado de los Borbones, no hizo más que restregarles esta subalternidad en la cara. Más impuestos para financiar guerras ajenas, más monopolios comerciales que ahogaban sus negocios, más cargos de poder reservados para los españoles. Fue una humillación constante. Su grito de “libertad” no nació de la lectura de Rousseau en una choza de campesinos; nació en el salón de una hacienda, con el sabor amargo del vino y el cálculo frío de las ganancias perdidas. No se rebelaron contra la opresión en abstracto; se rebelaron contra el hecho de que no eran ellos quienes la administraban en su totalidad.
La genialidad de esta burguesía criolla no fue su destreza militar —a menudo mediocre y dependiente de mercenarios extranjeros—, sino su brillante campaña de marketing. Comprendieron que su proyecto, una mera toma de control corporativo, necesitaba una narrativa épica, una justificación moral que movilizara a las masas que ellos mismos despreciaban y explotaban. Y la encontraron en el desván ideológico de Europa.
Importaron las palabras más bellas de la Ilustración y la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad, Soberanía, Nación. Y procedieron a vaciarlas sistemáticamente de todo su contenido subversivo.
Libertad no significó la abolición de la esclavitud. Esa “mancha”, como la llamaban hipócritamente, se mantuvo durante décadas, porque los esclavos eran un activo demasiado valioso en las plantaciones de los “libertadores”. La libertad que ellos pregonaban era la libertad de vender sus productos al mejor postor —casi siempre, el Imperio Británico— sin la intermediación de la corona.
Igualdad no significó la reforma agraria. Las vastas extensiones de tierra permanecieron en las mismas pocas manos. La igualdad que buscaban era la igualdad jurídica con el español peninsular, el derecho a sentarse en la silla más alta del poder. La idea de una igualdad real con el indígena o el mestizo les hubiera parecido, y les pareció, una blasfemia.
Patria se convirtió en el concepto místico para redefinir los linderos de la finca. Era el nombre sagrado que se le daba al patrimonio recién adquirido, un nombre por el cual se podía exigir al peón que matara y muriera, defendiendo una tierra que nunca sería suya.
La guerra de Independencia fue, para la gran mayoría, una estafa. Se les prometió un mundo nuevo y se les entregó el mismo, pero con un himno diferente.
Y aquí es donde la farsa alcanza su máxima expresión. Esta transferencia de propiedad no fue gratuita. Las guerras cuestan dinero, y los nuevos amos no tenían la liquidez necesaria. ¿La solución? Hipotecar la finca antes de poseerla por completo. El gran financista de la “liberación” americana fue el capital británico.
Mientras los criollos ponían los discursos y los ejércitos de mestizos e indígenas ponían los muertos, los banqueros de Londres ponían los préstamos. A cambio, exigieron la llave maestra de la economía: el libre comercio. Las nuevas “naciones soberanas” nacieron endeudadas hasta la médula, con sus mercados abiertos de par en par a las manufacturas inglesas, que arrasaron con las incipientes industrias locales.
Así, nos “liberamos” de un imperio político decadente para caer de rodillas ante un imperio económico emergente. Cambiamos las cadenas visibles de España por los hilos invisibles de la deuda británica. La finca no solo cambió de dueño; también cambió de acreedor. El nuevo patrón criollo era, a su vez, un deudor del banquero inglés. La soberanía era una ficción contable.
Doscientos años después, la finca sigue siendo tan brutalmente desigual
Una vez consumado el traspaso, los nuevos dueños se enfrentaron a un problema: cómo mantener el orden en una finca tan vasta y poblada por gente a la que acababan de usar y traicionar. La solución fue la figura del capataz: el caudillo militar.
Estos generales, convertidos en presidentes y dictadores, gobernaron las nuevas repúblicas no con la ley de las constituciones líricas que ellos mismos firmaban, sino con el látigo y la bota. Eran la encarnación del poder personalista y brutal, la garantía de que la estructura de la finca no sería alterada. Las guerras civiles que desangraron el continente durante todo el siglo XIX no fueron luchas ideológicas profundas; fueron peleas a machete entre distintos capataces, cada uno con su clientela, disputándose el control del aparato estatal para repartir los beneficios de la finca.
Pero la tierra misma de la que brotaron —la concentración de la propiedad, el racismo estructural, la explotación de la mano de obra— permaneció intacta, alimentando las raíces de la misma miseria.
Nuestras naciones no nacieron de un parto heroico, sino de un cálculo de costos y beneficios. Son el resultado de una rebelión de gerentes que aprendieron a hablar el idioma de la revolución para legitimar su ascenso a la junta directiva. Y nosotros, los herederos de los peones, seguimos viviendo dentro de los confines de esa misma finca, cultivando la tierra del patrón, pagando el arriendo con nuestra sangre y nuestro trabajo, y cada cierto tiempo, en los aniversarios, nos obligan a cantar con fervor el himno que celebra la escritura de propiedad que nos despojó de todo.
Despertar de este mito no es un acto de cinismo, sino de honestidad radical. Es el primer paso para entender por qué, doscientos años después, la finca sigue siendo tan brutalmente desigual. Es admitir que la verdadera independencia no ha ocurrido. Es comprender que la tarea no es celebrar al viejo capataz, sino, de una vez por todas, demoler la casa grande y repartir la tierra.
ANEXO: FUENTES PARA PROFUNDIZAR
Este ensayo se apoya en las interpretaciones de una larga tradición de historiografía crítica sobre las independencias. Se recomiendan especialmente los siguientes autores para una exploración rigurosa.
- Lynch, John. Las revoluciones hispanoamericanas, 1808-1826. Obra canónica que establece el carácter fundamentalmente conservador de las élites criollas.
- Halperín Donghi, Tulio. Reforma y disolución de los imperios ibéricos, 1750-1850. Un análisis magistral de las continuidades económicas y sociales entre la era colonial y la republicana, y el rol de Gran Bretaña.
- Palacios, Marco & Safford, Frank. Historia de Colombia: país fragmentado, sociedad dividida. Un texto fundamental para entender cómo este modelo general se aplicó en el contexto colombiano.
- Guerra, François-Xavier. Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas. Analiza la transición de las lealtades del rey a la nación y la creación de nuevos imaginarios políticos.
- Vitale, Luis. Historia Social comparada de los pueblos de América Latina. Ofrece una perspectiva desde el materialismo histórico, centrada en la lucha de clases y el rol de la burguesía.
LA BANDERA QUE ONDEA SOBRE LA FINCA?
LO IMPORTANTE ES QUIÉN COBRA EL ARRIENDO.
