Carta a una herida de bala

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CRÓNICA

Carta a una herida de bala

Museo Casa de la Memoria
Mariana Ramírez Rengifo
“Las huellas del daño nunca desaparecen
pero la verdad
la justicia
la reparación
hacen posible vivir el dolor con mayor dignidad”

Visitar museos es algo habitual para mí; sin embargo, hay uno al que juré no volver hasta sentirme lista. La primera vez que recorrí sus salas, me enfrenté a una avalancha de sentimientos encontrados. Predominaban la victoria y la emoción, porque el Museo Casa de la Memoria es, ante todo, un espacio conquistado por las víctimas para honrar a sus muertos, para reconocer lo sucedido y narrar al mundo la cruda realidad que atraviesa Colombia.

No es secreto para nadie que los colombianos llevamos una herida abierta que se resiste a cerrar, por más puntos de sutura que intentemos ponerle. Es cuestión de tiempo, de perdón, de disposición y, sobre todo, de no repetición, para que esta llaga finalmente sane y se transforme en una cicatriz visible; una marca que cuente, que explore el pasado, pero cuyo dolor sea, al fin, más llevadero.

Pero junto a esa victoria, me topé de frente con el dolor más profundo, con una tristeza que me anegó al ver las fotografías de mi pueblo. Imágenes que reflejaban situaciones vividas en carne propia, padecidas por mis padres y abuelos. Un dolor de patria que nos arrebató no solo amigos, sino también familia. Porque en mi casa falta uno. En mi mesa aún se guarda su puesto, así como su rostro se conserva en la pared y la puerta permanece entreabierta, esperando que él la atraviese de nuevo con risas y aguardiente, como solía hacerlo.

“Son recuerdos que rondan en las anécdotas de mis cuchos, historias teñidas de un miedo que todavía retumba en mi cabeza como detonaciones lejanas; recuerdos agresivos que luchó por olvidar, pero que me abordan y, a veces, me doblegan”

Recuerdos que me impiden disfrutar plenamente de los diciembres, porque el estruendo de la pólvora me confunde, transportándome a la niña que fui, atrapada en medio de una balacera.

Ver expuestas las callecitas y las trochas de mi tierra; ver los rostros de conocidos y de aquellos a quienes no alcancé a conocer, con gestos de desesperación, desolación y tristeza; verlos con sus casas a cuestas o huyendo de un destino que parecía inevitable, todo ello plasmado en un pedazo de papel brillante… me duele. Y es la primera vez que lo digo así, abiertamente. Porque el conflicto nos atraviesa a todos, aunque algunos lo vivan con una crudeza mucho mayor que otros.

Recuerdo una sala en particular. Oscura, poblada de susurros, fotografías y testimonios. Entré y empecé a temblar, a recordar. Tuve que salir casi huyendo, ocultando el rostro. Le dije a mi pareja: «No estoy lista, me quiero ir». No sé si fue un impulso infantil, un eco de aquellos rezagos de plomo y desplazamiento; si fue el instinto de huir o el pánico a enfrentar que ya no recuerdo la voz de los que se fueron para no volver jamás.

“Estoy olvidando, eso es lo que me pasa. Estoy olvidando.”

Por azares del destino y compromisos académicos, regresé. Volví a enfrentarme a las fotos, a sentir la punzada de la culpa, a preguntarme: «¿Por qué ellos siguieron buscando y nosotros nos resignamos?». Ojalá la tierra hablara y nos dijera dónde estás. Que los ojos testigos del monte nos contaran qué pasó. Que la espesa selva del oriente se apiadara y te devolviera. Pero la tierra también está de luto, porque mis muertos no son los únicos. Colombia entera es una inmensa fosa común.

A pesar de todo, intenté controlar esos pensamientos y me abrí de nuevo al museo. Decidí, por un momento, olvidarme de los traumas, de los hechos ingratos, de las preguntas persistentes: ¿por qué a mi amigo Martín le falta una pierna?, ¿por qué nos fuimos del pueblo y tardamos tanto en regresar?, ¿por qué mi abuelo vendió su finca?, ¿por qué mis vecinitos nunca volvieron? ¿Y por qué nosotros sí tuvimos suerte, a diferencia de la familia de enfrente?

Fue entonces cuando me sumergí en los testimonios de otros a quienes, como a mi familia, les duele hablar. Pero gracias a la valentía de aquellos que se atrevieron no solo a contar, sino también a escuchar; gracias a los que confesaron y a los que comprendieron que necesitamos a todas las partes involucradas para reconstruir este tejido de la memoria, estamos logrando urdir la historia de nosotros, los ‘nadie’: los que resistieron, los que sobrevivieron, y también los que murieron y desaparecieron.

Son incontables las experiencias traumáticas ocultas, silenciadas, sufridas en soledad, alimentando un dolor y un odio que dificultan el perdón. En ese instante comprendí que el olvido también puede ser parte del duelo, y que es válido querer no recordar.

No querer revivir el secuestro de un padre, la incertidumbre de una madre con tres niños, un trasteo caótico, los hostigamientos de grupos armados, el haber sido usado como escudo humano o simple carne de cañón. Sin embargo, aunque sea válido no querer reabrir esas heridas, se hace imprescindible recurrir a la memoria para acceder a la justicia y a la verdad que aún se esconden bajo la inmensa oscuridad del monte.

Por eso, en nombre de mis padres, de mis amigos y familiares que fueron y son víctimas del conflicto, me tomo el atrevimiento de aprovechar cualquier espacio para contar sus historias, para perpetuar su memoria. Para seguir tejiendo este entramado social que busca cicatrizar esa herida inmensa que llevamos dentro y que todavía sangra. Esta es una carta contra el silencio que nos agobia, contra esas muertes que nos carcomen por dentro.

Es una invitación a empezar a usar la paz, la memoria y la verdad como herramientas para construir país y para reconstruirnos a nosotros mismos.

Un Museo de los ‘Nadie’

Este relato no es solo mío; es una compilación de voces que busca invitar a aquellos que, como yo, sufren en silencio. A los que aún esperan la llegada de un ser querido, a los que andan con su casa al hombro añorando el regreso, a los que todavía son perseguidos por fantasmas del pasado, por la metralla que repercute en sus pieles o por el sonido de balas que aún perforan sus sienes.

Este museo es incómodo y, a la vez, liberador. Cumple su rol a cabalidad. Es el espacio que nosotros, las víctimas, nos hemos ganado con sudor y lágrimas. No es un museo que narre las hazañas de grandes héroes de la patria, sino que recopila las historias del pueblo, ofrece esperanza y memoria, y acoge con ternura el dolor de un país.

Propicia espacios seguros para nosotros, los ‘nadie’. Porque la historia de la violencia en Colombia no la cuentan los grandes políticos de cuello blanco; esta guerra nos tocó a nosotros, los de abajo, los pobres, los campesinos, los que ellos llaman ignorantes. Y somos nosotros los encargados de continuar el legado de la reconstrucción histórica a través de la memoria colectiva.

Este museo busca cerrar viejas heridas para que, a través de la memoria, encontremos en medio de la muerte y la tristeza, la resiliencia necesaria para edificar, con paz, verdad, historia y justicia, un país que respete la vida.

Las balas no discriminan. No obedecen. No piensan. No perdonan.
Solo perforan, duelen y sangran.

Pues la horrible noche no ha cesado…

 

Mariana Ramírez Rengifo
es politóloga e ilustradora herrática

@blasphemygirl_
@blasphemiee