Pax Mercatoria: El Imperio de los Aranceles
Pax Mercatoria:
El Imperio de los Aranceles

En los pasillos de mármol del poder estadounidense, Donald Trump no camina como un presidente tradicional. Su paso evoca más bien el de un imperator romano que regresa victorioso del campo de batalla, pero cuyas conquistas no se miden en territorios anexados sino en balanzas comerciales reequilibradas. Su segunda presidencia nos confronta con una figura híbrida que la historia antigua conocía bien: el gobernante que no distingue entre diplomacia y transacción, entre alianza y tributo.
Los mitos antiguos no son cuentos para niños; son diagnósticos brutales sobre el poder que resuenan con una vigencia aterradora. Y Trump, como esas figuras arcaicas que poblaron el imaginario mediterráneo, nos recuerda que la historia no avanza en línea recta. A veces retrocede, a veces se enrolla sobre sí misma, a veces nos devuelve formas de dominación que creíamos superadas.
Cuando Trump amenaza con aranceles del 25% a Japón y Corea del Sur, no estamos ante una simple política comercial. Estamos presenciando el retorno de una lógica imperial que Roma perfeccionó: la conversión del poder político en renta económica. Pero aquí reside la genialidad siniestra del sistema: el imperator romano necesitaba conquistar con sangre para después cobrar tributo. Trump ha invertido la ecuación. Cobra el tributo antes de la conquista, convierte el chantaje en diplomacia, hace que el saqueo parezca negociación.
El imperator clásico organizaba territorios en un sistema tributario que alimentaba perpetuamente las arcas del imperio. Trump, el imperator-mercader, ha reinventado esta fórmula para el siglo XXI. No necesita legiones; tiene mercados. No necesita cónsules; tiene CEO. No necesita ocupar territorios; los compra a plazos.
La diferencia fundamental radica en que mientras el imperator clásico imponía tributos tras la conquista militar, Trump los impone como sustituto de ella. Sus aranceles funcionan como los tributa romanos: pagos obligatorios que los pueblos sometidos debían entregar al poder imperial, no como castigo, sino como reconocimiento de jerarquía.
Trump no es solo un emperador; es también un gobernador provincial que aprendió el juego. Y aquí la historia nos da una lección que duele: en el sistema persa, los administradores regionales manejaban vastos territorios con autonomía considerable, siempre que mantuvieran el flujo de tributos hacia el centro imperial. Cada provincia tenía sus particularidades, sus negociaciones específicas, sus arreglos únicos. Era un sistema brillante en su pragmatismo: el poder central no se desgastaba administrando directamente cada territorio. Los gobernadores locales se encargaban de eso, mientras el tributo siguiera fluyendo.
Trump opera con esta misma lógica, pero invertida. Él es el administrador que convirtió su región en el centro del imperio. Estados Unidos, bajo Trump, no es el corazón de un imperio tradicional; es la provincia que aprendió a cobrar tributo al resto del mundo. Con México, el tributo toma la forma de control migratorio y renegociación del TLCAN. Con China, se materializa en compras masivas de productos agrícolas estadounidenses. Con Europa, se traduce en mayor gasto militar en la OTAN. Con Japón y Corea del Sur, se expresa en aranceles que funcionan como pagos de protección.
¿Qué importa quién es el emperador, en realidad? Lo importante es quién cobra los tributos.
Lo que distingue a Trump de los conquistadores clásicos es su mentalidad fundamentalmente mercantil. No busca gloria militar ni expansión territorial; busca “deals” ventajosos. Su imperio no se mide en kilómetros cuadrados sino en déficits comerciales corregidos. Su victoria no se cuenta en batallas ganadas sino en balanzas comerciales reequilibradas. Es el triunfo del capitalismo sobre el imperialismo clásico: ¿para qué ocupar territorios si puedes comprar sus gobiernos?
Esta hibridación entre poder imperial y lógica comercial crea una nueva forma de dominación que podríamos llamar la pax mercatoria. Mientras la pax romana se basaba en la supremacía militar que garantizaba la paz para el comercio, la pax mercatoria trumpiana invierte la ecuación: usa el comercio como arma para imponer una nueva jerarquía global. El mercado no es el espacio de la libertad; es el campo de batalla donde se decide quién manda.
No es casualidad que Trump hable como un mafioso: la protección no es un servicio, es una extorsión elegante.
En este sistema, los aliados tradicionales de Estados Unidos se convierten en tributarios modernos. Japón y Corea del Sur, que durante décadas fueron socios estratégicos en la contención de China y Corea del Norte, ahora deben “pagar” por la protección estadounidense no solo con bases militares y cooperación de inteligencia, sino con aranceles que drenan sus arcas hacia el tesoro americano. Es el capitalismo mafioso en su máxima expresión: “Tienes un lindo país, sería una pena que le pasara algo.”
La genialidad siniestra de este sistema es que mantiene la apariencia de normalidad diplomática mientras opera con la lógica cruda del tributo imperial. Los países “aliados” pueden protestar, negociar, incluso resistir temporalmente, pero al final deben pagar. Como los administradores persas de antaño, mantienen su autonomía interna a cambio de alimentar el sistema imperial. La diferencia es que los gobernadores antiguos al menos tenían la dignidad de saber que eran súbditos. Los nuevos tributarios deben fingir que son socios.
Trump ha intuido algo que los teóricos de las relaciones internacionales tardaron en comprender: la modernidad no abolió las lógicas imperiales, solo las disfrazó. Detrás del lenguaje diplomático de “socios” y “aliados” siempre existieron relaciones de poder asimétricas. Trump simplemente las ha desnudado, las ha vuelto explícitas, las ha convertido en transacciones comerciales directas. Es brutalmente honesto en su deshonestidad.
Su anacronismo no es un defecto sino una estrategia. Al comportarse como un mercader imperial, Trump obliga a otros líderes mundiales a reconocer que las relaciones internacionales nunca dejaron de ser, en el fondo, relaciones de poder. Su diplomacia transaccional es como un espejo que refleja la verdad incómoda: que detrás de cada alianza hay un precio, detrás de cada amistad internacional hay un interés económico, detrás de cada tratado hay una extorsión elegante.
Los nuevos administradores regionales, sin embargo, no son pasivos. Japón y Corea del Sur exploran alianzas alternativas, diversifican sus relaciones comerciales, buscan reducir su dependencia del mercado estadounidense. Pero estas maniobras, lejos de debilitar el sistema trumpiano, lo refuerzan: demuestran que los países reconocen la naturaleza coercitiva de las nuevas reglas del juego.
La historia nos enseña que los imperios más duraderos no fueron los que se impusieron únicamente por la fuerza, sino los que lograron que el pago del tributo pareciera natural, inevitable, incluso beneficioso. Trump ha logrado que sus aranceles sean debatidos como política comercial cuando en realidad funcionan como tributos imperiales.
En las calles de Medellín, donde escribo estas líneas, es imposible no reconocer los ecos históricos. Colombia, como tantos países latinoamericanos, conoce bien la lógica del tributo disfrazado de cooperación. Hemos sido administradores informales del imperio estadounidense durante décadas, pagando nuestros tributos en forma de políticas antidrogas, bases militares, y tratados comerciales asimétricos. La diferencia es que nosotros nunca tuvimos la ilusión de ser socios; siempre supimos que éramos subordinados.
Trump no ha inventado el imperialismo económico; lo ha vuelto explícito, directo, sin las mediaciones diplomáticas que solían suavizar su crudeza. En cierto sentido, es más honesto que sus predecesores: no pretende que sus tributos sean otra cosa que tributos. No nos vende la ilusión de la reciprocidad; nos cobra la factura de la dependencia. Es el fin del imperialismo hipócrita y el nacimiento del imperialismo transparente.
Conclusión: El Eterno Retorno del Poder
El mercader imperial Trump nos recuerda que la historia no es lineal. Los antiguos lo sabían: el poder siempre encuentra la manera de reinventarse, de volver con nuevas máscaras pero con la misma sed. Los romanos llamaban a esto cursus honorum, el curso de los honores que inevitablemente llevaba del poder económico al político y viceversa. Trump ha comprimido este ciclo en una sola figura: el líder que no distingue entre gobernar y negociar, entre diplomacia y comercio, entre aliados y clientes.
Su presidencia no es una aberración sino una revelación: muestra que bajo la superficie de la diplomacia moderna siempre latió el corazón de las relaciones tributarias clásicas. Los administradores persas, los procónsules romanos, los conquistadores victoriosos, todos ellos entendieron que el poder político debe traducirse en renta económica para ser duradero. La diferencia es que ellos tenían la decencia de llamar a las cosas por su nombre.
Trump ha actualizado esta fórmula antigua para el siglo XXI. Su imperio no tiene fronteras fijas sino redes comerciales; no tiene legiones sino aranceles; no tiene colonias sino tributarios que pagan voluntariamente por mantener el orden que él impone. Es el capitalismo imperial en su forma más pura: el mundo como una gran empresa, y él como su CEO más despiadado. En este eterno retorno del poder, nosotros – los habitantes de las nuevas regiones tributarias – debemos preguntarnos no solo cómo resistir, sino cómo entender que la resistencia misma forma parte del sistema. El mercader imperial no teme la oposición; la monetiza. No evita el conflicto; lo convierte en oportunidad de negocio.
¿QUÉ IMPORTA QUIÉN GOBIERNA EL MUNDO? LO IMPORTANTE ES QUIÉN COBRA LOS TRIBUTOS.
