—Buenos días, Dra. Martínez, la esperan en el salón 4, para la sesión grupal.
—Buenos días —contestó con desgano.
Otra noche sin dormir. Otra vez el insomnio perforándole la cabeza como un taladro persistente. La doctora Martínez no recordaba la sesión de terapia grupal que debía dirigir; apenas y se sostenía. Había comenzado a preguntarse si su agotamiento no era más que el síntoma de algo peor.
—Iniciamos la sesión grupal. Buenos días, el día de hoy solo somos nosotros tres, porque dieron varias altas y unos traslados. Sin embargo, ustedes son importantes y no quise suspender la sesión. Siéntanse libres de decir lo que están sintiendo.
Se frotó los ojos con torpeza antes de continuar:
—Hoy trabajaremos con la técnica de la silla vacía. Ayer la presentamos, pero ninguna participó. Diana, por favor, pasa al centro.
Diana se levantó con lentitud. Su andar era el de quien carga con el mundo a cuestas. Sus ojos, apagados, contenían una súplica muda de consuelo.
—En la silla vacía vas a imaginar que tu bulimia es un monstruo y está sentado enfrente de ti. Respira profundo, inhala por la nariz, exhala por la boca. Visualiza cómo es ese monstruo. ¿Qué tan grande es? ¿De qué color? ¿Qué textura tiene? ¿Tiene algún olor?
Diana tragó saliva y comenzó. Su voz temblaba.
—Es enorme… amorfo… feo… verde… tiene olor a vómito…
Su confesión flotó en el aire como una plegaria retorcida. La doctora la observaba con atención mientras anotaba. Diana hablaba entre lágrimas, pero también con la fuerza de quien empieza a descubrir algo que llevaba enterrado por años: la bulimia había sido su escudo, su forma torpe pero desesperada de protegerse. Esa conciencia le dolía, pero también le daba poder.
La sesión fue intensa. Cuando terminó, la doctora se quedó unos minutos en el salón. El espacio, con solo tres sillas y la del monstruo, parecía ahora más grande y silencioso. Sonrió sin querer. Por un instante, la revelación de Diana había hecho que todo valiera la pena.
Mientras recogía sus cosas, no notó en qué momento Diana salió. A Mónica sí la vio, como siempre, irse primero. Al sacar la llave de la puerta, percibió un olor fétido que salía por debajo de ella. Era un olor espeso, nauseabundo, como si algo se estuviera pudriendo del otro lado. Se alejó con prisa, sintiendo una inquietud visceral.
El resto del día fue una batalla. El olor parecía haberle invadido la memoria olfativa. Se lavó las manos, la cara, incluso se puso esencia de lavanda, pero nada funcionaba. Y, aun así, pensaba: “Diana tuvo un buen insight. Solo necesita encontrar nuevas formas de poner límites y protegerse. Y yo… yo también tengo que terminar con este insomnio.”
Por la noche, mientras tomaba su taza de té, notó la ausencia de Diana. No estaba en el comedor exclusivo para pacientes. Ni en la barra, donde solía recargar los codos mientras jugaba con su servilleta. Preguntó, pero nadie la había visto desde la sesión.
Intentó dormir. Nada. Miró el reloj. Las 3:00 a.m. Se sentó en la cama. Encendió la luz. En el espejo, sus ojos bordeados por una sombra negra imploraban ayuda.
—No lo resisto más —murmuró—, tú también eres un monstruo.
Buscó la única silla de su habitación, tan austera como la de cualquier residente en psiquiatría. La colocó en el centro, frente a ella. Cerró los ojos. Inhaló. Exhaló.
—Está bien… Eres mi insomnio. Eres un monstruo. Luces como una niebla gris, densa, que inunda todo el cuarto, como se siente en mi cabeza. Estoy segura de que tratas de decirme algo. No sé qué es.
La silla no respondió. Pero el aire se volvió más espeso.
—Es imposible lo que pides… integración —susurró.
Y entonces la niebla se hizo más densa. Lo cubrió todo.
—Buenos días, Dra. Martínez. La esperan en el salón 4, para la terapia grupal.
No hubo respuesta.
Solo se pudo apreciar una densa niebla gris que salía por debajo de su puerta.