Ludivia

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CUENTO

LUDIVIA

Cristian Felipe Leyva Meneses

El fantasma de doña Ludivia hay que dejarle un tinto todas las noches, con el cuncho trasnochado que amanece se riegan los brotes de cilantro y cebolla larga para que nazcan bonitos y abundantes. No hay que moverle la mecedora ni barrerle ninguna de las tablas porque se corre el riesgo de estrujar el mantel donde se tomaba las onces, y cuando ella no está contenta va dejando lagartijas muertas y amanecen los pocillos rotos, entonces toca llamar a la niña del aseo para reprenderla por los descuidos, porque los muertos de esta finca son bien orgullosos y el peso de tantos años de zozobra no les ha dejado buen genio para aguantar ninguna imprudencia.

Hubo problema cuando se nos metió a las bravas el perro de doña Pastora, que nos quemó más de medio cafetal con la cola que la tenía prendida en candela, la culpa fue del loco Molano que andaba en la carretera pelando cables para conseguir plata para comprar vicio, y el pobre perro dizque por espantarlo regó el tarro y también acabó empañado en gasolina, y que se fue a saltar el alambrado corriendo de la pura desesperación. Cuando se calmó todo el chispero ni siquiera se vieron los huesos, el animalito desapareció de la faz de la tierra.

La pobre doña Pastora lloraba día y noche como una magdalena, y los hijos de verla tan decaída salían todas las tardes con las escopetas en las motos buscando al loco Molano para cobrar venganza, pero gracias al cielo nunca lo encontraron, porque eso de ir echando bala solo puede traer mala fortuna a estas veredas y Pijao nunca ha sido pueblo de violencias ni cosas de esas.

A los meses empezamos a escuchar zumbidos entre los matorrales resecos, como si pasara algo corriendo alborotando las matas y echando a volar a los pájaros. La tierra se abrió y quedó al descubierto una cuneta, era como un trabajo de generaciones pasadas que exigía ver la luz del sol nuevamente. Y el agua que se acumulaba quedaba toda negra como un caldo de hollín sobre el que revoloteaban las moscas, pero a los días se asentaba y quedaba clara y limpiecita como unas lágrimas de ángel, entonces regresaban los pájaros, las flores y hasta algunos simios que nunca alcanzamos a ver de cerca sino la mera sombra, porque se echaban a correr hasta la espesura de ese monte lejano que no conocemos.

Cuando se nos pasó un poco todo el nerviosismo decidimos honrar la presencia de doña Ludivia con un tinto y unos dulces de guayaba de los que tanto le gustaban. Nos sorteamos a juego de cartas quién sería el responsable de arrimarse a entregar la merienda, con el valor que nos dieron unas copas de aguardiente a las once de la víspera de la nochebuena estábamos cumpliendo la tarea.

Y como don Antenor estaba falto de valentía nos tocó auxiliarlo y llegar todos hasta el descampado donde los fantasmas no se inquietaron al vernos, sino que siguieron en lo suyo. Doña Ludivia acariciaba al perro y este movía la pata del gusto como se mueven los brazos de quien toca guitarras. La mesita quedó apoyada con unas piedras que sacamos de la cuneta, con mucho respeto y ceremonias le fuimos a poner su mantel y su vajilla, pero antes de que acabáramos ella saca la otra mano de dentro del vestido y señala al perro como quien dice dele a él también, y así lo hicimos y lo haremos, durante los años que nos alcance la vida.

Mandamos a llamar a uno de esos escultores de Armenia, un muchacho estudiado en bellas artes que con mucho respeto y seriedad escuchó nuestra historia y nos hizo el pilar y la estatua, y ahí la tenemos en medio del cafetal, a falta de fantasmas, allí dejamos el tinto con el que luego inauguramos la riega del día y los dulces de guayaba y agua fresca para el perro, sabemos que doña Ludivia y su guardia de cola ardiente nos están cuidando, y que la prosperidad de estas tierras está asegurada mientras nosotros sigamos mostrándole los debidos homenajes y respetos.

Pijao • Quindío • Colombia

Un comentario en «Ludivia»

  1. Saludos.
    He leído su texto, Cristian, y considero que tiene sus méritos. Es rápido, creativo, con un buen circuito de personajes y sucesos. Hay tanto por narrar sobre los mitos regionales, sobre aquellos imaginarios culturales que hicieron región, superstición y herejía.
    ¡Enhorabuena!
    Diego Firmiano

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