Las voces femeninas que la escuela silencia.
Las voces femeninas que
la escuela silencia
En el colegio aprendí, erróneamente, que la literatura estaba hecha en su mayoría por hombres. No es casual que, al salir de la secundaria, muchos estudiantes puedan recitar listas de escritores varones, pero apenas recuerden un puñado de nombres femeninos. Los libros que formaron nuestra lista oficial de lecturas venía firmada por autores varones, casi siempre blancos, casi siempre muertos. En primaria y secundaria, las escritoras eran excepción y no norma: quizá un poema suelto de Blanca Varela, alguna mención rápida a Clorinda Matto de Turner. El resto eran voces masculinas hablando del mundo como si fuera de todos, cuando en realidad era solo una parte la que estaban narrando.
Esta omisión no es inocente. La ausencia de autoras en el currículo escolar es una forma de censura cultural. No se trata de una prohibición explícita, sino de una selección sistemática que perpetúa la idea de que las mujeres no han producido obras literarias de igual valor o relevancia histórica. La educación, que debería ampliar horizontes, se convierte así en una herramienta que acota el imaginario y define, desde temprano, qué voces merecen ser escuchadas.
Un estudio realizado en 1983 por la Comisión Peruana de Cooperación con la UNESCO reveló que el 78 % de las referencias textuales en manuales escolares correspondían a hombres, frente a un 22 % a mujeres; en las ilustraciones, la brecha era similar: 75 % masculina y apenas 25 % femenina. A medida que los grados avanzaban, la presencia femenina disminuía drásticamente y, en los contenidos históricos, prácticamente desaparecía: un 91 % de las menciones textuales y un 89 % de las imágenes correspondían a personajes masculinos.
No se trata solo de números. Este sesgo crea un mundo escolar donde el liderazgo, el trabajo, el deporte y el heroísmo aparecen como territorios masculinos, mientras que las mujeres son representadas como obedientes, sacrificadas o relegadas al ámbito doméstico. Los manuales de literatura apenas conceden espacio a las autoras, y cuando lo hacen, suelen colocarlas en capítulos marginales, como si su obra fuera una nota al pie de la historia literaria.
La presencia de escritoras contemporáneas es casi nula. Y no hablamos de falta de producción: el Perú tiene una tradición literaria femenina amplia y diversa, desde Magda Portal hasta Teresa Orbegoso, pasando por Carmen Ollé y Gabriela Wiener. Simplemente, no se las incluye.
Esta exclusión moldea no solo lo que leemos, sino lo que creemos posible. Si una niña crece leyendo únicamente historias escritas por hombres, internaliza la idea de que la voz autorizada para narrar el mundo no es la suya. Si un adolescente nunca lee una novela escrita por una mujer, se pierde de una forma distinta de mirar, estructurar y sentir la realidad. La consecuencia no es solo desigualdad cultural: es un empobrecimiento colectivo del lenguaje y de la imaginación.
La omisión también tiene raíces económicas y políticas. La selección de autores escolares muchas veces responde a acuerdos editoriales, a contratos de larga data entre ministerios y empresas de libros de texto, a un currículo diseñado desde una mirada centralista y patriarcal. Además, en un país donde las políticas de fomento a la lectura son intermitentes, la visibilidad depende más del mercado que de un proyecto educativo con perspectiva de género.
Pero incluir autoras no es solo una cuestión de justicia simbólica: es una urgencia pedagógica. Leer a escritoras permite a los estudiantes reconocer experiencias históricamente relegadas: la vida doméstica, el cuerpo, el deseo, la maternidad, la migración, la violencia de género. Temas que forman parte del tejido social, pero que raramente se abordan desde la voz de quienes los viven. La literatura escrita por mujeres no es un género aparte: es literatura, y dejarla fuera del aula es un error intelectual.
No se trata de reemplazar a Vallejo o Arguedas, sino de ampliar el mapa literario. De enseñar a César Vallejo junto a Blanca Varela, a José María Arguedas junto a Clorinda Matto de Turner, a Mario Vargas Llosa junto a Gabriela Wiener. De mostrar que la literatura no es una sola voz que se repite, sino un coro en el que caben múltiples timbres y registros.
Mientras sigamos formando lectores y lectoras con un panorama mutilado, perpetuaremos una cultura donde la autoridad narrativa sigue siendo masculina por defecto. Incluir autoras en el currículo escolar no es un favor: es un acto de rigor intelectual y de responsabilidad cultural. Porque cada libro que no se lee en la escuela es una historia que no se imagina. Y si la imaginación es la antesala de lo posible, entonces nos estamos condenando a vivir en un mundo más pequeño del que podríamos construir.

Nikkol Benavides Soria es estudiante de Periodismo con especial interés en temas de género, cultura y educación.
nikollbenavidessoria@gmail.com
Es muy cierto, ya que en el colegio casi siempre ponen a leer cosas hechas por hombres, y casi nunca de mujeres. La mayoría de veces ni siquiera mencionan a las mujeres, es como si no existieran. Yo creo que deberían poner a leer más cosas de ellas, porque ellas también escriben cosas importantes que deberíamos leer, así también podríamos tener diferentes puntos de vista