La Hidra Inmortal

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ENSAYO

La Hidra Inmortal

Leonardo Zapata Marín

Los mitos griegos no son cuentos, son diagnósticos brutales sobre la condición humana que resuenan con una vigencia aterradora. Ninguno sirve como un bisturí más preciso para la autopsia de la guerra en Colombia que el de la Hidra de Lerna.

La leyenda cuenta que cuando a Heracles se le encomendó esta tarea, se enfrentó a una bestia que desafiaba la lógica de la fuerza. Era una serpiente de pantano con múltiples cabezas, y su verdadero poder no residía en su veneno, sino en su inmortalidad funcional: por cada cabeza que la espada del héroe cercenaba, dos nuevas crecían en su lugar, más furiosas que la anterior. El monstruo, en esencia, se alimentaba de la agresión. El mito es una lección de estrategia: la fuerza bruta es inútil sin sabiduría. Fue solo cuando Heracles, humillado, escuchó el consejo de la diosa Atenea y aceptó la ayuda de su sobrino Yolao, que la balanza cambió. Mientras Heracles cortaba, Yolao, con una antorcha, cauterizaba con fuego los cuellos cercenados, impidiendo que volvieran a crecer. La fuerza sin sabiduría era impotencia; la sabiduría sin colaboración era estéril.

Este antiguo relato no es una lección de mitología. Es el diagnóstico más preciso que se ha hecho sobre la guerra en Colombia. Y nosotros, por décadas, hemos insistido en ser el Heracles del principio: necios, brutales y condenados a ver cómo el monstruo se fortalece con cada uno de nuestros ataques.

Nos han enseñado mal la historia del conflicto porque nos la han contado como un catálogo, un abecedario macabro de siglas que debemos memorizar. FARC, ELN, AUC, M-19. Es una narrativa cómoda que nos permite señalar culpables específicos. Pero aferrarse a las siglas es el error fundamental. Es como estudiar una enfermedad memorizando los nombres de sus fiebres, sin jamás preguntarse por el virus. Porque la verdad incómoda es esta: la violencia en Colombia no es una sucesión de actores armados; es la manifestación de un ecosistema enfermo. Los grupos no son el problema; son el síntoma. La bestia es una sola hidra de mil nombres, y para entenderla, debemos analizarla a través de sus oleadas de crecimiento.

La Primera Ola: el Odio Heredado

La hidra colombiana es la hija bastarda de la Guerra de los Mil Días. Pero fue en “La Violencia” de los años 50 donde aprendió a caminar. No era una guerra de ideas; era de odios hereditarios, liberal contra conservador, una disputa visceral por la tierra. Fue el momento en que las élites aprendieron que un ejército privado —los “Pájaros”, sicarios que, como documentaría más tarde Alfredo Molano, limpiaban veredas enteras— era más efectivo que la ley. Fue la normalización de la masacre. Esta ola no terminó; simplemente, dejó la tierra abonada de resentimiento y armas.

La Segunda Ola: la Utopía Armada

El monstruo encontró su voz. La Guerra Fría le dio a esa violencia latente un guion intelectual. Como analizaría Gonzalo Sánchez Gómez, las luchas agrarias locales se articularon con un proyecto revolucionario global. Las FARC adoptaron el marxismo. El ELN, la teología de la liberación. El M-19, la rabia urbana. Cada uno creyó que podía construir un país nuevo a punta de fusil. Fue la era romántica del conflicto, si es que se puede usar una palabra tan obscena.

“Pero la utopía se ahogó en un polvo blanco. La revolución se cortó, se empacó y se vendió al mejor postor.”

La Tercera Ola: la Cooptación Narcoparamilitar

Los años 80 no introdujeron el dinero en la guerra; lo convirtieron en el único dios verdadero. La cocaína se volvió el torrente sanguíneo de la hidra. Los carteles no se unieron al conflicto: lo compraron. Y de la alianza entre terratenientes, políticos y narcos nació su clon oscuro: el paramilitarismo de las AUC. Era un proyecto contrainsurgente y de acumulación de tierras, una simbiosis que figuras como el sacerdote jesuita Javier Giraldo han denunciado incansablemente. La hidra había creado una cabeza que prometía proteger al “cuerpo sano” de la nación. Era una mentira brillante.

La Cuarta Ola: la Metástasis Corporativa

Esta es la hidra en su máxima expresión: post-ideológica, pragmática, una corporación del terror. Su lógica ya no es la toma del poder ni la defensa de una clase, sino la optimización de la rentabilidad. Las grandes desmovilizaciones no acabaron con la guerra; la atomizaron. El combatiente desmovilizado sin oportunidades no es una víctima del posconflicto; es un agente libre en el mercado laboral de la violencia, un freelancer con un set de habilidades muy específicas. La paz con las FARC no dejó un vacío de poder; dejó una vacante de mercado que fue ocupada con la eficiencia brutal de una multinacional. Esta nueva hidra opera como un holding. Su estructura ya no es un ejército; es una red de franquicias criminales. Su portafolio de servicios es diversificado: narcotráfico, minería ilegal, extorsión, trata de personas, control de rutas migratorias. La violencia ya no es un medio para un fin; es la principal herramienta de control de mercado. Las masacres no son actos de guerra; son ajustes de cuentas para eliminar a la competencia. El desplazamiento no es un daño colateral; es una estrategia de adquisición de activos territoriales. El caso del Clan del Golfo es la cátedra magistral de esta era. El Estado los llama “Clan del Golfo” para definirlos como criminales. Ellos se autodenominan “Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC)”. Es una operación de branding para reclamar un estatus político que les permita negociar, no someterse. Es puro cálculo. La hidra no muere, se profesionaliza.

La Ausencia de Yolao

La sabiduría de Atenea existe. Es el corpus de conocimiento que, con riesgo de sus vidas, han construido los investigadores que se citan al final. Este ensayo no es más que un intento de pararse sobre sus hombros, de tomar esa sabiduría y afilarla hasta que duela. Pero, ¿dónde está Yolao, el que sostiene la antorcha para cauterizar la herida? En el mito, es el colaborador indispensable. En Colombia, está en su casa.

Yolao somos nosotros. La sociedad civil. Y nuestra ausencia no es un descuido; es una deserción. Somos Yolao cada vez que un ciudadano se refiere al conflicto en el Catatumbo como algo ajeno. Somos Yolao cada vez que celebramos la captura de un capo sin preguntarnos por las estructuras bancarias que le permitieron lavar su fortuna. Somos Yolao cada vez que votamos por el candidato que promete “mano dura”, creyendo que se puede matar a una hidra a espadazos. Estamos sentados en el sofá, con la antorcha apagada en un rincón, viendo un reality show, mientras el monstruo devora el país.

Pero aquí reside la ironía más cruel, la que convierte nuestra tragedia en una farsa grotesca. La pasividad de Yolao no es del todo voluntaria. Porque, ¿quién se beneficia de un monstruo que nunca muere? El Estado. El Estado colombiano es el que sigue enviando a Heracles a cortar cabezas, sabiendo que crecerán de nuevo. Porque la hidra es el chivo expiatorio perfecto. Justifica presupuestos de defensa exorbitantes y legitima estados de excepción. Un país en guerra es más fácil de gobernar que un país en paz. El Estado no quiere que Yolao tome la antorcha. Lo prefiere distraído. Le da el pan y el circo. El mito nos dio la fórmula para matar a la bestia. Pero nuestro problema es más profundo: el mismo que nos pide ser Heracles, es el que se encarga de mantener a Yolao dormido.

DESPIERTA, YOLAO.

ANEXO: FUENTES PARA PROFUNDIZAR

Aunque este ensayo es una interpretación, se apoya en un robusto corpus de conocimiento generado por las siguientes instituciones y autores, fundamentales para explorar con rigor la historia del conflicto.

  • Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH). Especialmente su informe “¡Basta Ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad” (2013).
  • Giraldo, Javier, S.J. (1996). Colombia: The Genocidal Democracy. Obra que documenta la violencia estatal y paraestatal.
  • Gutiérrez Sanín, Francisco. (2007). ¿Lo que el viento se llevó? Los partidos políticos y la democracia en Colombia, 1958-2002. Análisis clave sobre la debilidad institucional.
  • IEPRI (Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales). Publicaciones diversas de la Universidad Nacional de Colombia.
  • Medina Gallego, Carlos. (2006). FARC-EP: Notas para una historia política (1958-2006). Uno de los estudios de referencia sobre esta guerrilla.
  • Molano Bravo, Alfredo. (2016). A lomo de mula: Viajes al corazón de las FARC y otras crónicas que dan voz a los actores del conflicto en los territorios.
  • Palacios, Marco & Safford, Frank. (2012). Historia de Colombia: país fragmentado, sociedad dividida. Un texto canónico para entender la historia del país.
  • Sánchez Gómez, Gonzalo. (2006). Guerra, memoria e historia. Obra fundamental sobre la construcción de la memoria histórica del conflicto.

     

     

    Leonardo Zapata Marín
    Historiador de trinchera.
    @leoelpasado