La Moralización de la Dieta: De la Ética animal a la Ideología Progresista del Veganismo

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ENSAYO

Veganismo ideológico

Entre la ética, la ideología y el narcisismo moral
Numar González

En tiempos de exaltación moral y corrección política hipertrofiada, el veganismo ha dejado de ser una opción alimentaria legítima para convertirse en un estandarte ideológico. Lo que en principio respondía a una preocupación ética por los animales o a una apuesta por la salud, ha mutado en una ortodoxia moralista, un dogma progresista que no admite disidencias.

La moralización de la dieta es, quizás, uno de los signos más reveladores de una época que ha sustituido el sentido común por una dicotomía pueril entre “lo bueno” y “lo malo”. En este esquema, el veganismo se presenta como la única posición ética posible. Los veganos ideológicos no sólo sostienen que el consumo de productos animales es perjudicial, sino que es inmoral. Y desde allí, se erigen como agentes de una supuesta superioridad moral, donde todo el que no se adhiera a sus preceptos es cómplice de un crimen. Esta forma de pensar, como señala Žižek, no sólo revela un narcisismo ético, sino una tendencia profundamente autoritaria disfrazada de compasión (Žižek, 2009, p. 18).

El veganismo, entendido como ideología, no como dieta, es profundamente totalizante. Exige adhesión total y uniformidad. No admite matices. Quien se atreve a decir que comer un huevo de gallinas criadas en libertad no es lo mismo que apoyar la industria cárnica masiva, será igualmente condenado. Como si la ética fuese un conjunto de reglas absolutas, como si la complejidad de las relaciones humanas con los animales pudiese reducirse a una tabla binaria de acciones permitidas y prohibidas. Harari, aunque simpatiza con los argumentos veganos, reconoce que la historia de la domesticación animal es inseparable del desarrollo humano y que nuestras relaciones con los animales no pueden comprenderse sin su contexto evolutivo, histórico y cultural (Harari, 2014, p. 203).

Uno de los grandes errores del veganismo ideológico es la falacia de la pureza. Esta idea según la cual es posible vivir sin causar ningún daño, sin explotar, sin contaminar, sin afectar a otros seres. Esta pretensión no sólo es ingenua, sino peligrosa, porque construye una moralidad irreal que, al no poder cumplirse completamente, deriva en hipocresía o en fanatismo. Como explica Scruton: “la ética no puede ser una negación de la naturaleza humana. Pretender que podemos vivir como ángeles es una invitación a convertirnos en monstruos” (Scruton, 2006, p. 112). La agricultura vegana también implica destrucción de hábitats, uso de pesticidas, explotación laboral. Pero el discurso ideológico se empeña en invisibilizar estos costos, como si su forma de producción no tuviera consecuencias.

No se trata aquí de negar que la industria cárnica tiene prácticas atroces. Lo que se cuestiona es la apropiación del discurso ético por parte del veganismo como si fuera la única postura legítima. Se olvida que la vida rural, en muchas culturas, ha mantenido relaciones sostenibles y respetuosas con los animales. Que hay formas de producción animal no industriales. Que existen prácticas de pastoreo regenerativo que contribuyen a la biodiversidad (Savory, 2013, p. 89). Pero estos matices son inaceptables para quienes han convertido su dieta en una religión laica.

El veganismo también se inscribe en una lógica profundamente individualista. Frente a problemas sistémicos como el cambio climático, la destrucción de ecosistemas o el sufrimiento animal, la respuesta que se ofrece es “cambia lo que comes”. Esta reducción del problema a una cuestión de consumo personal es funcional al capitalismo verde. Como advierte Žižek: “el sujeto neoliberal se convierte en responsable de todo, incluso de salvar el planeta, mientras las estructuras que verdaderamente lo destruyen permanecen intactas” (Žižek, 2009, p. 45). El veganismo, lejos de ser una revolución, se convierte así en una coartada para no cambiar nada realmente.

La cultura vegana, en su expresión ideológica, también reproduce una visión occidental y urbanocéntrica del mundo. Su desprecio por las prácticas alimentarias tradicionales de pueblos indígenas o comunidades rurales es una forma de colonialismo moral. No se puede imponer una dieta global a partir de los valores y condiciones materiales de las grandes urbes europeas o norteamericanas. En muchos contextos, los animales no son una fuente de sufrimiento, sino de relación, respeto e incluso reciprocidad simbólica.

El activismo vegano, además, ha dado lugar a formas de fundamentalismo que rayan en lo grotesco. Desde acciones violentas contra carniceros hasta campañas que equiparan el sufrimiento animal con el Holocausto, como lo hizo PETA en su infame campaña “Holocausto en tu plato”. Esta equivalencia es no solo ofensiva, sino también intelectualmente fraudulenta. Como señala Bruckner, “el amor abstracto por los animales se convierte en odio concreto hacia los hombres” (Bruckner, 2011, p. 78).

La ideología vegana también fomenta una cultura de la cancelación. No basta con no comer carne; hay que señalar, denunciar, excluir a quienes lo hacen. Este tipo de dinámicas no son propias de una ética del cuidado, sino de una lógica punitiva. El veganismo se convierte así en un instrumento más de la cultura de la vigilancia, donde lo que importa no es el sufrimiento animal, sino la exhibición de superioridad moral.

En este marco, resulta difícil establecer un diálogo real. Porque el veganismo ideológico no está dispuesto a escuchar. Tiene respuestas para todo, incluso para lo que no comprende. Como escribe Todorov: “la pureza, cuando se vuelve norma, es siempre una forma de violencia” (Todorov, 2000, p. 103).

Por último, es necesario señalar que detrás del discurso vegano hay también una industria. Libros, documentales, suplementos, productos ultraprocesados e influencers. El veganismo es hoy un negocio millonario que se disfraza de conciencia. Muchos de los alimentos veganos industrializados tienen impactos ambientales iguales o peores que algunos productos animales. Pero el mercado ha aprendido a vestirse de verde. El veganismo, como estilo de vida, es rentable. Y donde hay rentabilidad, suele haber hipocresía.

Esto no significa que no existan veganos honestos y coherentes. Los hay, y merecen respeto. Pero el problema no son las personas, sino la ideología que convierte una opción personal en una ortodoxia totalitaria. Una ética saludable debería incluir el respeto a la diversidad alimentaria, la promoción de formas sostenibles de producción animal, y la conciencia de que toda acción humana tiene un costo.

Es legítimo querer vivir sin dañar. Pero no es legítimo imponer esa voluntad como único camino ético posible. La compasión sin pensamiento es sólo una forma más de narcisismo. Y el veganismo, en su forma más ideológica, es precisamente eso: una compasión narcisista, incapaz de ver más allá de su propia virtud.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Bruckner, P. (2011). La tentación de la inocencia. Tusquets.
Harari, Y. N. (2014). De animales a dioses: Una breve historia de la humanidad. Debate.
Savory, A. (2013). Holistic Management: A New Framework for Decision Making. Island Press.
Scruton, R. (2006). The Meaning of Conservatism. Palgrave Macmillan.
Todorov, T. (2000). Memoria del mal, tentación del bien. Península.
Žižek, S. (2009). First as Tragedy, Then as Farce. Verso.