El descenso del ego como herramienta básica para el trabajo literario | Omar Balladares Rodríguez
El descenso del ego como herramienta básica para el trabajo literario
El escritor y periodista José Blasco del Álamo, en su artículo titulado “Los buenos escritores, las malas personas”, reprodujo una anécdota que le relató el filósofo Fernando Savater cuando se encontró por última vez con Octavio Paz, quien se hallaba postrado en una silla de ruedas, producto del cáncer terminal que lo agobiaba.
Savater le contaría que el día anterior, cuando una enfermera intentó animar a Paz señalando con elogios la gran cantidad de obras del mexicano, este hizo un gesto con la mano como descartándolos y murmuró: “Todo eso no vale para nada”. Blasco, a partir de aquel episodio, haría mención de una idea que me parece relevante para iniciar esta ponencia: en un mundo de ególatras como el literario, reconforta la humildad hacia la propia obra de algunos creadores.
Uno pensaría que estas situaciones de egos elevados son propias de los grandes y laureados escritores, pero se dan con mucha frecuencia en diversos espacios culturales, en sitios de formación académica y especialmente dentro de talleres literarios donde, se supone, usted aún no ha escrito la obra elemental de toda la literatura.
Recuerdo un día cuando, en mi trabajo como profesor universitario, un grupo de estudiantes de la carrera de Literatura no estuvo de acuerdo en que yo fuera su profesor para el siguiente semestre, debido a que mis credenciales me calificaban como docente de escritura académica y no de Literatura Hispanoamericana, a pesar de haberme formado en dicha especialidad.
Días después me enteré de que el verdadero problema era simplemente que no les caía bien. Esa misma noche, como toda persona madura, fui a mi perfil de Facebook para quejarme, y la mejor forma que se me ocurrió fue hacerlo con un meme.
El éxito inesperado de aquella broma —compartida casi doscientas veces— me hizo pensar que, quizá, quienes nos dedicamos a las letras podemos llegar a ser ególatras de mierda. Pero claro está: si usted no se siente aludido, bien puede levantarse de su silla y alejarse de tan profanos individuos.
Con el tiempo comprendí que el ego no es exclusivo de mentes jóvenes o inexpertas. En 2017 fui jurado del concurso de Novela Miguel Donoso Pareja, y uno de los participantes no premiados puso en entredicho mi capacidad como evaluador por no ser narrador, por no tener premios significativos y por ser —según él— solo un profesor de lenguaje.
Situaciones como estas revelan que el problema del ego atraviesa no solo la creación artística, sino también la gestión cultural y los espacios académicos, donde el miedo a ser reemplazado o desplazado termina cerrando oportunidades a otros.
No pretendo convertir esta charla en un catálogo de vanidades literarias, sino reparar en lo que plantea el título de este texto: cómo la deposición del ego puede contribuir al desarrollo de mejores herramientas para la producción literaria, particularmente en los talleres de escritura.
Desde el psicoanálisis, el ego es entendido como una función imaginaria, un espejismo. Lacan planteará que toda escritura es una mezcla entre lo real y lo simbólico, y que depende inevitablemente de la mirada de un Otro. Es allí donde el ego se expone.
Cuando el autor no soporta esa exposición, huye. Huye de su propio fantasma. Por eso, permitir que el ego descienda no solo mejora la escritura, sino que abre la posibilidad de nuevas máscaras, de un engaño más sofisticado y creativo.
En La Odisea, Ulises logra sobrevivir al cíclope Polifemo llamándose a sí mismo “Nadie”. En ese gesto de renuncia al nombre —y al ego— se revela su mayor heroicidad. El mito continúa porque el héroe supo hacerse pequeño.
El taller literario puede parecerse a la cueva del cíclope: un espacio desafiante donde no se trata de ser mejor que el otro, sino de asumir con responsabilidad que la crítica es una oportunidad de crecimiento.
No existe una receta para hacer descender el ego. En lo personal, el humor ha sido una herramienta fundamental: reírse de uno mismo permite tomar distancia y deponer la arrogancia. Como diría el héroe, yo soy nadie.
Antes de terminar, aclaro que tampoco se trata de anular el ego por completo. Dosificado, puede ser una fuente de material creativo. El desafío está en mantener el equilibrio.
Quisiera cerrar con una frase en latín que resume este texto: Fame percusserit est ly ego magis, que significa “Mata más el ego que el hambre”. La frase la inventé yo, pero quería sonar interesante… y subir un poco el ego.
New York, 13 de octubre de 2024
Omar Balladares Rodríguez
Docente de Escritura Académica y Géneros Discursivos