Ánima en Pena | Hugo Oquendo-Torres
ÁNIMA EN PEΝΑ

Imamapurrú Kincha,
Embera kincha.
En la madrugada Emilio Manyoma soñó que pescaba, sentado en la canoa tiró el anzuelo en el río, pero una garra de luz lo despertó. Al levantarse temprano pretendió encarnar aquel ensueño: alegre se puso el mocho café y bostezó adormilado. En la selva había llovido toda la noche. Se calzó las botas, palmoteó su boca y bostezó de nuevo estirando los brazos. En pie, respiró profundo el dulce olor a flor de guama que emanaba el monte.
Al tirarse en el hombro la camisa naranja, con afán recogió el toldillo; luego sopló los tizones y puso a hervir café en el fogón de barro. —Ve, ve, ay bendito, hoy va a ser un buen día de sol, suspiró en el umbral de la puerta. La casa de palafito estaba ubicada a la orilla del río Truandó. —Hoy sí me saco un sábalo. Ve, ve. Ya me lo imagino ahí. Ahí, quietico al humo, plateando con su boca dentona, ay.
Al bajar al cauce tomó agua e hizo gárgaras emocionado, escupió, lavó su rostro y después orinó en la corriente. Al otro lado lo distrajo la algarabía de los loros sobre el árbol de guayaba. Elevó la vista y observó que sobre la serranía pintaban algunas luces. Subió a la casa, del alero de palma sacó la vara de pescar y la dejó parada al lado de la puerta; con afán tomó el machete y en el solar, debajo del gallinero, escarbó para buscar lombrices. El café estuvo. El olor tostado se aspergió. Emilio clavó el machete, corrió a la cocina y bajó la olla para colar el café.
Al servirse en un pocillo, envasó el resto que guardó en la mochila junto con el fiambre de yuca y carne ahumada. —Uy —sonó los dedos—, también me voy a coger una doncella. Bien rosaita ella, con su barriguita blanca y parda. Bien rica, mamacita, para comérmela guisaita con ají, cilantro cimarrón y plátano. Ay, ve, ve —se chupó los dedos. Al mirarse en el espejo colgado en el horcón, pasó el peine por su cabello duro. Volvió al solar y siguió escarbando. En una lata de sardina guardó las lombrices con tierra.
Apresurado, subió al rancho para remover los tizones del fogón, tomó la vara y descendió a la orilla. Se abotonó la camisa y presuroso comenzó a canaletear agua arriba con rumbo desconocido, creyendo que el instinto lo llevaría al banco de peces. A su paso, del río se levantaba la verde bruma. Emilio echó un vistazo a las nubes, después canaleteó hasta perder la consciencia de tiempo y espacio. Bajo la luminosidad del alba, apenas podía distinguir la selva y la orilla del río.
En el instante que llegó al lugar dictado por la corazonada, agarró la caña que el anciano Eulalio le había rezado con la yerbasanta y el anamú. Sintió frío. Bajo la sombra de un árbol preparó el anzuelo. —Venga pa’ acá doña lombriz que la necesito pa algo —la agarró emocionado y al intentar ponerla se chuzó el dedo. —¡Ay, jueputa! ¿No me estoy jodiendo mi dedo? ¡Mandinga! —Se chupó la sangre.
De modo sigiloso, arrojó el anzuelo en un remanso que hacía el río antes de la desembocadura del caño El cimarrón, cuyo rastro ébano, galopante, se prolonga hasta fundirse en el Atrato. Quizá el color de sus aguas se debe a la sedimentación de las hojas, o tal vez a los mismos secretos que el caño atesora. —Ve. Ve, por allá si no me voy a meter, no, no —vaciló y se echó la cruz.
El nacimiento de El cimarrón esconde el secreto de sí mismo, puesto que nadie en Juin Phubuur ni en Riosucio sabe de dónde brota aquel hilo de agua nocturna, pareciese que su ombligo lo hubieran curado con la espina de la planta guardacaminos. Aún, el origen es vedado para las parteras conocedoras de todo encanto. La verdad es que ni las yayas lo conocen.
El sol con más color aclaró la alborada. Emilio, fiel a su paciencia de pescador, esperó con quietud cual palmera aguardando la lluvia. Para distraerse, fijó la vista en la proyección de su sombra alargada en la espesa vegetación. Al pararse, ella se tendió en el piso; y cuando él se sentó, ésta dio un salto confundiéndose entre la maleza. Emilio ojeó a los lados con asombro. —Mandinga diablo —susurró—, carajo, ¿qué es eso? —Echó mano al machete fijándose en el monte.
En Riosucio y en Juin Phubuur él ya había escuchado las historias de espanto que comenzaron a ocurrir en el caño El cimarrón, desde que encontraron al muchacho degollado. De repente un gruñido corto comenzó a escucharse. —¿Qué será eso, pues? Caramba. ¿Un marrano o un perro por ahí? —Echó un vistazo bajo los árboles y no vio nada. El sonido se hizo más ronco, Emilio asustado decidió remar hacia la otra orilla.
Lelo contempló una bandada de garzas que franquearon el horizonte, pero no dejaba de mirar hacia el matorral de hojas secas y de pensar en el muchacho que tenía su misma edad. Unos dicen que era de Crucito; otros, que era de Quibdó. Nadie en Riosucio reconoció su rostro, los goleros se le habían comidos los ojos y en el cementerio quedó enterrado como un N.N. Emilio tiró el anzuelo de nuevo. Al ver que la mañana transcurría ingrávida, como si el tiempo estuviera suspendido en una telaraña, comenzó a contar las hojas que flotaban sobre el caudal.
Más tarde fijó la vista en una hicotea que emergió del agua e intentó subirse a un tronco. Del caparazón negro brillaron las manchas naranjas. —Caramba, ¿qué pasa con los pescados, pues? —Se limpió el sudor de la frente y de manera sorpresiva tuvo la impresión de que un pez le mordió el anzuelo. Al levantarse, haló cortantemente, pero descubrió que una hoja de yarumo le jugó una mala pasada. —¡Eh, bendito, te digo, pues! —Tomó asiento y se palmoteó la pierna.
Apoyó el mentón en la mano y se puso a mirar el cauce. El sol de las once le ardía en la espalda. Al quitarse las botas y al abrirse la camisa puso la caña en el piso, con el pie derecho la aprisionó contra el borde de la canoa. Abrió la mochila para sacar el almuerzo y la sobremesa que había envasado en una botella con forma de tetero. Al destapar el fiambre para comer, la caña se templó y luego tuvo un continuo golpeteo. Con rapidez agarró la vara, sin importarle que los pedazos de yuca volaran y el biberón quedara arrojado en el fondo de la canoa.
Con excitación cobró el sedal. Mas, descubrió que había sido burlado por un cardumen de sardinas. —Ve, ve. ¡Mandinga diablo! Con rabia se comió el pedazo de carne y los dos trozos de yuca. En el momento que masticaba, sintió un leve olor a orina que le picó la nariz y volvió a mirar a la entrada del caño. El deseo de exorcizar aquel sueño de pesca fue disipándose, similar a la espuma del río cuando se enfrenta a la corriente. Ahora el sueño era más una pesadilla que lo encaminaba al desencanto de la tarde y sus sortilegios.
Al transcurrir dos horas, cansado de esperar, giró su vista hacia la entrada de El cimarrón. Un arco de hojas y ramas de pichindé signaban la entrada. —¡Ve, ve, qué cuento de espantos! Decidido echó mano al canalete para avanzar por entre el caño hasta una ensenada que estaba a poco menos de cien metros, la cual se nutría con todo aquello que por sus venas transitaba. Allí se guareció bajo la sombra de un exuberante higuerón. Sus verdes ramas semejaban un paraguas.
Emilio de nuevo esperó. Por encima de las copas del árbol sobrevolaron una pareja de guacamayos azul turquesa. —Kare, kare, kare —imitó la algarabía. Cuando la luz estaba consumida en los tres cuartos, a leguas escuchó el sonido de un remo que arrullaba el atardecer; vino acompañado con el silbido de una tonada. —U, u… Tío guachupecito, siéntese, siéntese, siéntese. Las notas se mecían entre las lianas. Paraíto nada más, ay sobrinos. Paraíto nada más, ay sobrinos. Paraíto nada más.
La melodía creó un ramaje en la cabeza del joven pescador. U, и… татай. Tío guachupecito, siéntese, siéntese, siéntese. A lo lejos Emilio pudo notar que se trataba de un hombre entrado en años, cuyo rostro raramente pudo distinguir. Vestía una camisa blanca manga larga y un mocho gris, era flaco como un guachupé. Se acercó. —¡Oh, sobrino! —Sonrió con la dentadura blanquísima como las canas de su barba. —Ve, ve, ¿cómo va la pesca, pues? —Pero el viejo se estrelló contra una cara muda que le esgrimió una sonrisa falsa. Emilio sintió vergüenza del gesto y le respondió:
—Ay, tío. Hoy, ay caramba, hoy no ha sido un buen día, no, no… —Se rascó la cabeza—. Hoy ha sido un día flaco. El anciano arrojó el anzuelo. —Ve, ve, sobrino, todos los días no caza el tigre, no, no —continuó en un tono solemne. Ve, ve. No se desespere —se espantó un zancudo—; si usted es buen pescador, sabe que la madrugada y la tarde son buenas pa pescar, pero, ve, ve… Cada diablo tiene su propia ley. —¡Diablos, esos! —Emilio arrugó el ceño. —Sobrino —auguró el viejo de manera jocosa—, ay, ve, ve… o acaso hoy usted no sea el pescador sino el pescao. Emilio no se rio.
El zumbido de las chicharras ahondó el mutismo. Las bambalinas de la tarde anunciaron el ocaso. El firmamento se tornó naranja felino. Emilio, como si en la mente hubiera sincronizado lo que iba a responderle, dijo sin mirarlo: —Ve, ve, tío, uno con moralejas no llena el estómago, no… Se rascó la cabeza. —Porque no sólo de palabras bonitas vive el hombre, no, no. El anciano estalló a carcajadas al tiempo que atrapó un sábalo de dos cuartas. Al desengancharlo del anzuelo, interpeló a Emilio con los ojos.
De nuevo hubo silencio entre los dos. El pez chapaleaba en su agonía. Luego, cuando hasta el más ínfimo movimiento de los insectos era percibido, el anciano invitó a Emilio a juntar las canoas para tomar café. A lo lejos saltó un pez atrapando a una polilla. Emilio aceptó el pocillo de café como un gesto de tregua. A esa hora de la tarde los árboles de la orilla emanaban leves fragancias maduras.
Después de una extensa conversación, entrados en confianza, el joven Emilio se enteró de que aquel hombre pudo haber sido su abuelo, si Marcial Manyoma no se le hubiera adelantado con Leonor Mina. —¿Cómo así que mi abuelo le tumbó la hembra a usted? —Ah, pues, su abuelo sabe cosas con las plantas, quién sabe con qué chamico la embrujó —A la par reventaron en risas, al parecer este era el sello de paz entre los dos. El sopor de la tarde comenzó a pesar sobre los hombros de los pescadores.
Por entre los arbustos, jugueteando en las sombras, el sol desnudaba su dorso en el regazo de los cerros. Y en ese intervalo diáfano Lucho Carabalí, así se llamaba aquel pescador, comenzó a narrarle a Emilio la ocasión en la que tuvo que enfrentarse a una fiera. Los dos ataron sus canoas y el viejo continuó el relato. —Sobrino, eso que le cuento pasó en el año de 1982, en plena temporada de lluvia, ve, ve. Yo decidí subir a la selva para cortar un árbol de caracolí, el cual ya había marcado meses atrás.
El viejo tiró el anzuelo y encendió un tabaco. —Caramba, después de haber hecho un recorrido de tres días junto con mi hijo José Concepción, que ese sí me seguía pa todo lao. —Los ojos se le aguaron—. Entonces, ve, ve, pasando por pantanos y pastizales, por fin llegamos al sitio señalado. Y allí levantamos una enramada para colgar las hamacas. —Sobrino, usted ya sabe cómo es —dio una segunda calada. Emilio no parpadeaba ni cerraba la boca.
Al siguiente día me dediqué a derribar el árbol con mi hacha, y en esa misma mañana descubrí entre los arbustos a alguien o algo que nos acechaba, porque sentí sus ojos hambrientos en mi cuello —aguzó la mirada—. Pero, sin prestarle mayor atención. El humo se le escapó entre las palabras, ve, ve, continué mi tarea que iba a ser larga —exhaló profundo al cerrar el termo de café. Sobrino, cómo le parece que me tardé un día y medio para poder tumbar aquel caracolí. —Emilio se espantó un tábano que le rondaba el hombro derecho.
En ocasiones creí que estaba cortando un árbol de choibá porque usted sabe que esa madera es como el hierro. Ay, en cada golpe que daba, el eco replicaba lejísimos —soplaba y batía la mano. —¿Sobrino, quiere más café? —No, no, tío, así está bien pa mí. —Bueno, pues. Entonces, luego que tumbé el árbol, me dediqué a labrarlo. Sua, sua, sua, primero con el hacha desbasté el tronco hasta dejarlo amarillito y después con la rula le di forma.
Ve, ve, pues cuanto más me concentraba en tallarlo —Lucho acercó su rostro—, en cada golpe, en cada brazada, advertí que esos ojos penetraban mi cuerpo, revisando cada uno de mis huesos —fumó y se echó el humo entre las piernas para espantarse los zancudos. Y en la mañana del sexto día, José Concepción me aseguró asustadísimo, ay, que en la noche había visto unos ojos destellando cerca del rancho. Emilio abrió los ojos saltones.
Ay, ve, ve. Era tan grande mi certeza de que alguien o algo nos acechaba, porque en el suelo encontré unas huellas al lado de la canoa que estaba labrando. —¿En serio, tío? —Ah, pues. Es verdad sobrino, verdad es —afirmó al agarrar con la mano derecha la aseguranza, el collar con una bolsita negra que colgaba de su cuello, y continuó narrando con intriga—. Las huellas eran más anchas que mi mano abierta —bajó el tono y le mostró la palma izquierda.
Ya en la madrugada de la segunda semana —miró alrededor—, un pelaje frío rozó mi mano que estaba fuera de la hamaca. Entonces elevó la voz, velozmente salté y con el machete en la mano grité, desafiando a eso o a aquello que nos merodeaba. Ve, ve, estaba asustado. Pensé que de pronto era un ánima en pena. El anciano levantó la mano derecha representando el machete. Mi hijo con miedo se recogió en la hamaca, mientras yo seguí en pie dispuesto a batirme a muerte con aquella cosa, pero no fui correspondido —relató con desaliento Lucho Carabalí.
Así completamos tres semanas sintiendo la mirada de esa ánima, hasta el día que íbamos de regreso, cuando en un hilo de agua advertimos las huellas frescas que acababan de revolverse. Por eso salté a un islote para esperarla. —El anciano hizo el gesto con las manos como si saltara y luego quedara en posición de guardia. Las canoas se mecieron. Y cuando analicé las huellas, pude constatar que eran parecidas a las primeras que había visto. Por eso creí que no se trataba de un ánima sino de una fiera que nos estaba acechando.
Emilio abrió los ojos como huevos fritos. —Entonces, ve, ve, desenfundé mi machete y comencé a llamarla para pelear. A Santa Bárbara y a San Pacho me encomendé. Y la retaba para que dejara de ser cobarde: Salí pues, salí pues, le decía —aseveró con orgullo el viejo como si reviviera aquel episodio. Y de imprevisto saltó por entre un matorral, parándose al frente mío aquel enorme jaguar. Emilio se cayó para atrás. Todo el pelaje como mariposas negras era igual que las sombras y las hojas secas.
Con sus ojos como brasas me observó fijamente. La cabeza era robusta y su espalda musculosa. Me paralicé al sentir el vaho agrio de su boca negra y roja. Allí estábamos nosotros dos, frente a frente. Ambos resueltos al mismo destino —puso lenta la voz. Y con su nariz húmeda me olfateó. Ninguno de mis movimientos los perdía de vista. Ve, ve, sobrino —explotó—, no miento si digo que su piel de oro fulguraba con los rayos del sol. La verdad, ay caramba, provocaba acariciar su pelaje brillantico, brillantico, así la vida se acabara de un golpe.
El anciano rio con vanidad. —Entonces, para entrar en calor, azoté mi machete contra las piedras de la playa hasta hacerlo botar chispas. La fiera rugió mostrándome sus filosos colmillos. —¡Uy! tío carajo, ¿y usted qué hizo? —Caramba, sobrino, de inmediato comenzó a rondarme con pausa. La reacción mía era contenerme, pero con los ojos clavaditos en los suyos, eso sí. Mi hijo José Concepción quedó pasmado en la canoa nueva. Por eso le dije que mejor permaneciera quietico.
El jaguar —aguantó la respiración y se señaló los ojos— no lo perdí de vista en ningún momento. La fiera olfateándome pudo descubrir en mi sudor amargo que no iba a ser presa fácil, no, no. Se secó la frente y apagó el tabaco. Pero, para sorpresa, a regañadientes el jaguar agachó la cabeza y me gruñó, dejándome claro que él tampoco iba ser fácil, no. Y de la misma manera que llegó, como un relámpago saltó a la maleza. —Ay, no, no, ¡Dios mío, tío! —Emilio se espantó el tábano.
—Sí, pues. Sólo hasta cuando desembocamos al Atrato dejamos de sentir al jaguar o al ánima en pena que nos acechó. Culminó el anciano con una convicción de hierro. El viejo Carabalí, mascando el pasado como tabaco, de igual forma le contó a Emilio que a José Concepción, años después, lo desaparecieron los hombres del gobernador Mauricio Zabala cuando llegaron al Chocó. —De él sólo encontraron una huella en el barro —se lamentó el viejo. Dicen que el que lo mató, lo tiró al río y el cuerpo aguabajo boyó.
Por eso juro que si no lo encuentro antes de morir seré un ánima penitente. Mientras contó esto agarró con fuerza la aseguranza que le colgada del cuello. Emilio advirtió que cuando el viejo Carabalí hizo la promesa, los ojos inundados le titilaron como dos brasas. La pena del anciano era honda, allí lo supo. Luego hubo un tiempo de silencio. Al despedirse el viejo pescador, Emilio arrojó el anzuelo, todavía sin comprender aquellas palabras. Al regresar a su casa sin un pescado, no supo si esa tarde fue visitado por un ánima en pena o por el jaguar que lo estuvo acechando desde la otra orilla.
