Al otro lado del Silencio Por Scardavino

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PROSA | EXISTENCIAL

Al otro lado del Silencio

Por Scardavino

El hecho de que exista una dimensión —no en el sentido tridimensional espacial clásico, sino en el sentido de una prolongación conceptual, una frecuencia por debajo del umbral acústico, pero por encima del nivel donde el pensamiento aún articula palabras— que se active solo cuando uno deja de hablar (y no meramente de emitir sonido, sino de producir el fenómeno llamado “yo”) ha sido algo que, honestamente, me parece siempre estuvo ahí. Como el lado oculto de la luna o ese pequeño sonido que solo escuchas cuando todo el mundo se va a dormir y apagas la televisión. Es decir: lo que pasa después del lenguaje, pero también antes del lenguaje.

No es silencio como lo imaginas. No es ausencia de sonido. Es una presencia que excluye al sonido. Una dimensión física donde los nombres se sueltan de sus referentes como globos llenos de helio se sueltan de las manos de un niño distraído. Yo estuve ahí. Me convertí en eso. Y luego volví. Al menos lo suficiente como para contarlo.

Todo comenzó el día en que decidí dejar de hablar.

No por una razón política, no como acto de protesta, ni siquiera como expresión de trauma o de búsqueda espiritual. Fue un experimento. Un experimento riguroso. Abandoné toda forma de comunicación intencional —ni escritura, ni gestos, ni signos, ni intentos fonéticos— durante exactamente 33 días. Al principio fue fácil. Luego se volvió desesperante. Después, bello. Luego, desesperante otra vez.

Pero en el día 22 (y esto lo recuerdo con una exactitud tal que me dan ganas de desconfiar de ella, como cuando uno recuerda su nacimiento o la cara de un muerto al que jamás conoció), el entorno se despegó.

Estaba sentado en un banco de piedra, de esos que parecen haber estado ahí antes que el pueblo mismo. Era primavera. Las hojas de los árboles no hacían ruido. La gente pasaba como en cámara lenta. Una mujer arrastraba un carrito con ruedas chirriantes. Un perro giraba en círculos. Una paloma soltaba plumas en el aire. Y entonces lo sentí: el quiebre.

No fue como atravesar un portal. Fue como si todo lo que era aquí se disolviera en su versión idéntica, pero sin sonido. No silencio. No sordera. Algo más. La desaparición del oyente. La voz sin destino.

Vi una versión de mí mismo sentada frente a mí, pero sin rasgos ni expresiones. Una imagen que no representaba nada. Me sentí observado por la idea del lenguaje mismo, como si el idioma me hubiera estado usando para probar su viabilidad. Como si yo hubiera sido solo una antena, una forma temporal de emitir ruido organizado. Ahora, sin el código, me convertía en otra cosa.

El Silencio, cuando lo cruzas, no es silente.

Está lleno de entidades, si se les puede llamar así, que solo pueden existir cuando no hay nadie que las nombre. No pueden ser vistas porque para ver necesitas establecer una figura y un fondo, y eso ya es un acto lingüístico. No pueden ser pensadas porque el pensamiento las contamina. Pero están. Son la sustancia de la que está hecho el mundo antes de que empieces a prestarle atención. Las llamé “los Irresueltos”. Y lo primero que sentí cuando uno de ellos se me acercó fue… hambre.

No la suya. La mía. Hambre de forma. Hambre de volver. Hambre de decir “yo”. Pero aún así no hablé. Me quedé ahí. Mirando sin juzgar. Sintiendo sin tocar. Observando el derrumbe de lo que llamamos realidad como quien ve caer una pintura mal colgada. Ahí comprendí lo que es el otro lado del Silencio.

No es un lugar donde el ruido cesa. Es un lugar donde tú cesas.

Es el lado inverso de la experiencia: lo que la sostiene. No la pantalla, sino la electricidad que la hace brillar. Y no la electricidad como fenómeno físico, sino la electricidad como condición de posibilidad. El otro lado del Silencio no es una dimensión alternativa. Es esta misma, pero sin nosotros. Sin palabras. Sin necesidad de ser nombrada.

Cuando decidí volver (y esa decisión fue un acto de violencia real), lo primero que dije fue: “Estoy aquí”. Nadie me escuchó. Estaba solo. Pero el mundo respondió a su manera.

Los pájaros cantaban. Un coche pasó. Mi cuerpo volvió a doler en mis articulaciones y espalda. La luz volvió a tener densidad. La memoria recuperó sus cicatrices.

Me puse a escribir esta experiencia con temor, sabiendo que al nombrarla ya la había destruido. Pero tenía que hacerlo. Porque ahora sé que hay algo ahí, al otro lado, que existe solo cuando nosotros callamos. Algo que espera. Algo que sostiene. Algo que no necesita ser.

Algo que siempre estuvo escuchando.

Víctor D. Manzo Ozeda (Scardavino)
Escritor mexicano con una vasta trayectoria en la periferia de las letras. Su obra, reconocida en múltiples latitudes, explora la identidad y la disidencia frente a lo que se resiste a ser nombrado. Bajo el seudónimo Scardavino, construye una voz que fusiona el lirismo existencial con la crudeza de quien ha habitado el silencio.

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