Alejo Morales | Poesía colombiana
POESÍA
Una selección de poemas
Alejo Morales
El mechón de cielo que perdimos
1
Ese día, mis hermanos hicieron pasar una botella de leche como nieve líquida. Ese día, memoricé la danza de los guacamayos sin saber que la dibujaría en tu cuello. Créeme, no hay quemadura más hermosa en mi cuerpo. Créeme, ninguna bala picó tan profundo. Y en vez de silbarte lo que solíamos escuchar después del último disparo o iniciar un incendio forestal en tu nombre, estoy sentado sobre mi culpa (eso que comen los hombres cuando nadie los ve) preguntándome: ¿Quién devolvió tu rostro a la edad de piedra? ¿Qué acorazado cantó hasta descoserte las mejillas? En tu piel el fuego leyó cada página esperando encontrar su imagen. Tu piel, un lirio nacido de una gota de leche, que ni por un segundo ha dejado de crecer, en el cabello astillado de mis brazos.
2
En el aliento de las vacas la madrugada aún estaba cruda cuando vinieron por nosotros. Madre dijo. Oren niños. Oren como si no hubiera mañana. Solo para ella no habría mañana. Y mientras su nuca era inclinada a la fuerza por un hacha, nosotros, envueltos en camándulas de todos los colores, repetíamos: Dios es un hermoso hongo que crece a la par de nuestro cuerpo. Dios es un hermoso hongo que crece a la par de nuestro cuerpo. Pero Dios solo igualó su tamaño al del grillo y salpicó nuestros ojos en señal de rendición. Tal vez orar sirva para evitar la caída de cabello. Tal vez orar sirva para que me duela menos morir. Había hombres cantando mientras perseguían a los niños como zorros salvajes. Había hombres cantando más allá de los nombres de las calles hinchadas por cada morado encendido en las piernas de las prostitutas, pisando la respiración de aquellos que nunca conocerían el sabor de un beso. Sí, había hombres cantando, y me pregunté cuánta música cabía en la garganta de un muerto. Yo llevaba atados a mis hermanos con la ropa de mis padres. Yo llevaba atados a mis padres en las venas de mis caderas. Y mis caderas atadas al deseo de vivir, mientras caminábamos lo que tardaría alguien en leer el Nuevo Testamento, hasta divisar las carpas del refugio, hasta ver la boca de los hombres que no necesitaron clases de puntería, para pintar un cielo estrellado en las muchachas de mi pueblo. Llegamos. Mis hermanos y yo dormimos sobre la ropa de nuestros padres. Esa noche el deseo de morir fue más intenso que la sangre. Esa noche, el miedo en nuestros rostros fue un postre para los soldados.
3
Al principio, dormíamos apoyados sobre las ametralladoras, más altas que mis dos hermanas pequeñas. A una de ellas la colgaron de sus trenzas, por dejar su uniforme manchado con el grito de la curuba. Todas las mañanas, ponían nuestros hombros en fila como cordilleras nevadas. Nos machacaban el aliento. Y uno tenía la sensación de que el peso de los cascos podía devorarte la cara. No sé si esto era ya el alumbramiento. Pero te vi un mes después con tu mentón hundido en una porción de sueño. Te hablé y se desató el cordón que sostenía mi quijada, dejando entrever una sonrisa delineada por tus dedos, mientras mis hermanos armados con escudos de eucalipto iban al lavado a quitarse la muerte de la cara. ¿Qué diría Dios de todo esto? ¿Acaso sus ojos de vidrio soplado nunca vieron la inclinación dentro de mi cuerpo? Para llegar a tu rostro, limpié con mi pulgar las pequeñas huellas de ratón que había en tu mejilla. Para llegar a tus muslos, limpié con mi boca la enfermedad que bailaba en tu cuerpo. Limpié hasta dejar el plato vacío. Y por primera vez sentí abrazar a Dios en la oscuridad. Y por primera vez escuché la banda sonora del río inundar la punta de mis pies. Camuflados en la herida del otro experimenté la muerte de la luz al cerrarte los labios. Un mechón de cielo cubría nuestra cara. Mientras intentaba comprender el idioma que componían tus gemidos. Mientras mis hermanos afilaban sus lazos de sangre con piedras de una pared imaginaria. Y sus ojos se convertían en bayas entre los dedos de los soldados. Los reconocí por las marcas de soga alrededor de su cuello. No hay amor en mi lengua. No. Y si abro la boca es para lavar mi derrota como ser humano.
De Voces del Bajo Cauca (2022)
Tarot en caída libre
Cuando me señalas el futuro
la línea zodiacal huye de mi palma
yo la correteo
como Tom a Jerry
en una cuadratura que parasita
el espacio no televisivo la viñeta prolongada
en la que uno vive
la línea asciende se despega de su origen siamés
se atornilla en espiral
se vuelve bicéfala
debajo
de las aspiraciones
-casa beca otra nacionalidad-
menos descendente
yo me estrello
contra las alturas circulares
has visto la línea prófuga que es mi vida?
la sangre pierde velocidad -como Tom-
dentro de la especie rígida que es uno
la línea se rasga después de tres décadas
en movimiento
se brinca a sí misma
mientras yo correteo el esquema de lo vivo
reducido
a las dimensiones de un ratón
pura singularidad totiada
desmembrada de su marcha horizontal
no mires abajo me dices
la línea no resistirá
sin superficie
nadie puede seguirnos te digo
se me acaba el idioma los oídos
para seguir-
te es-
cu-
chando
me salgo de la línea
hacia las inmediaciones
en reposo
el punto es una dirección vacía
a la que somos enviados
con la lámina del ojo
descubierta
Inédito
Este poema me salió barato en el Oxxo
un lindísimo huevón dice que mi poema no tiene disciplina.
que le falta carácter. que suda mucho.
que ni pa vallenato sirve. que le pica no sé dónde.
que se le metió por el túnel carpiano y lo dejó grogui.
este versito marica nos inspira un rencor sagrado
dice mi amix
nos quema todo intento de huida
y yo pinchando en la consola
un poema con tremenda neurosis, con sangrado nasal
con deudas hasta en la China
como diría mi abuela que en paz descanse
entre las plantaciones de arroz del futuro.
a estas alturas del paseo
lo incorpóreo requiere una prosa mezquina,
baja en calorías, que embruje con esas diabólicas rocas negras
que decía mi abuela eran sus ojos de carnaval
un poema que recupere el tono de tus axilas
un poema en cuatro patas que diga:
el mundo es injusto por quitarnos lo que amamos.
porque somos especies bellas desovadas en un paraíso de leche fresca
y si queremos aire nos tachamos las piernas para escribir en el aire imaginado
porque somos
bien abejas
o como decía papá: “nada de hadas, nada de hadas”.
o quizá dijo: a poema regalado no se le mira el culo.
alguna vez la luna petarda me dijo: “¿durmió conmigo anoche, que ya no saluda?”
respondí: “quieta, esto un robo a mano armada, deme toda esa irradiación
si no quiere que le llene la panza de agujeros”
y le disparé un poema
que madrea chicanea le da culillo
duerme más que pata hinchada
y las editoriales + independientes hicieron una quema hasta que la poesía se ardió
volviéndose la luna con cara de niña regañada.
el lenguaje nos deja a todos bocarriba, puercos bellísimos
con las estrellas reventadas en el lomo
y con la panza inseminada de mermelada oscura
o miel o chimba de guayaba masacotuda
y ese es el núcleo del poema
meterle el dedo sin temor al corrientazo.
no por nada
hacemos de cada lectura un rave
que nos vuelve ilegales
los ojos
porque nos mareamos con carteles de librerías
porque amamos mojar el tímpano en las palabras de nuestrxs amigxs
y encontrar allí nuevas maneras de mirarnos
de decir:
Este poema ya es un clásico de la literatura alienígena
Este poema no quiere ser descubierto por la policía
Este poema tiene miedo de morir.
Inédito
Alejo Morales (Bogotá, 1993) Estudiante de Historia. Publicó la antología Labios que están por abrirse con la Universidad Externado (Bogotá, 2021). Ganador del Concurso Universitario Nacional de Poesía de la Universidad Externado de Colombia con el poemario Abandonados en la puerta de la historia y en 2021 del Premio Distrital de Poesía Ciudad de Bogotá con Voces del Bajo Cauca, publicado por Abisinia Editorial en 2022. Sus poemas han aparecido en diferentes antologías, así como en publicaciones impresas y digitales. Además, es traductor de poetas norteamericanos en @lengua_dos y miembro de la ofensiva sensible @amorffada.
