Ahí te dejo…
Ahí te dejo…

Quienes acierten a pasar frente a la residencia podrán ver todos los días, a partir de las cuatro de la tarde, el rostro de una anciana pegado al cristal y a su lado una pequeña fotografía de un niño de unos seis años aproximadamente.
Sentir el frio cristal sobre su rostro ajado es lo único que la mantiene viva y da gracias a su destino que aún no esté atada a la cama rodeada de tubos, que será el siguiente paso antes del final, no tan feliz de este cuento.
Caminando hacia atrás en su historia, sabremos que ella, cuando aún no había acumulado arrugas, un día vio un amplio terreno cerca de su casa y decidió que ese sería su legado al hijo que ya latía entre las aguas de su vientre. Era el retacito de tierra ideal para que una nueva vida germinara y diera cosechas. Habló con el propietario, regateó un poco con el precio y finalmente llegaron a un acuerdo. Adecuó su economía para pagarlo el resto de su vida, mientras el hijo correteaba por los pasillos de su casa, iba a la escuela, después a la universidad y finalmente formó un hogar con una mujer perfecta para él.
Así se hizo, así transcurrió su vida a grandes rasgos, pero la deuda, en vez de disminuir con los años iba creciendo, más voraz cada día, a los números pactados se le fueron sumando ceros, por razones tan locas como el mercado internacional, la revalorización, la rentabilidad y el deterioro de su cuerpo, que con los años se iba desgastando y, eso había que pagarlo sin que su hijo supiera. No quería dejarle en herencia un monstruo insaciable, pero la realidad se imponía y la única solución que le propusieron fue el de liquidar la deuda con su propia casa y los despojos de sus huesos. Lo logró. Su hijo tendría un lugar en el mundo, empezaría su vida con la libertad de una tierra que ya no pertenecía al banco y podría hacer todo lo que quisiera. Si el precio de la libertad de su hijo era su condena, bien hecho estaba. Ella lo había planificado todo, había cubierto todas las posibles grietas de su plan y a cumplir ese objetivo dedicó su vida entera.
Por eso ella, todos los días, asoma su rostro a la ventana con la foto de su hijo. Sabe que algún día él volverá y ella tendrá las escrituras de la tierra debajo del colchón, donde nadie sabe que las tiene.
