Satanización de la pausa |Lucas Orozco Ramírez
Satanización de la pausa
La satanización es un concepto con variedad de acepciones en la cultura latinoamericana. Si bien satanizar algo puede relacionarse con prácticas religiosas cuestionadas por el canon eclesiástico, para términos de este análisis debe entenderse que la satanización es una práctica en la que se le atribuye a algo características malvadas o cuestionables. Ahora bien, la satanización de la pausa es el ejercicio consciente o inconsciente en el que se argumenta que el acto de detenerse es incorrecto.
Hace algunos meses leí con mis estudiantes de literatura el libro La sociedad del cansancio del autor surcoreano Byung-Chul Han; esta obra, que creí iba a disgustarle a mis alumnos, terminó llevándonos a reflexionar acerca de nuestras vidas, para comprender la forma en la que hemos satanizado el hecho de pausar.
Mis estudiantes son jóvenes entre 14 y 15 años, hijos de una generación digitalizada e inmediatista, en la que pueden acceder a multitud de bienes y servicios con solo dar clic en sus celulares. Ellos, como yo, hemos llevado a cabo tareas ambiciosas en muy poco tiempo y de forma simultánea, tanto así que he podido ver cómo mis estudiantes, al finalizar su jornada escolar en el colegio, se dirigían a actividades extracurriculares necesarias, a su juicio, para luego poder ser admitidos en las mejores universidades del país y del mundo. Yo, por mi parte, culminaba mi jornada laboral en el colegio para dirigirme a mi segundo empleo, uno que consideré necesario para poder robustecer mi perfil profesional.
En nuestra lectura compartida de La sociedad del cansancio, mis estudiantes y yo pudimos ver de forma consciente cómo nos hemos estado autoexplotando. En el mundo contemporáneo no es común apreciar lógicas de siervos y amos como sí sucedía en otros periodos de la historia; nadie les obliga a ellos o a mí a embarcarnos en tareas adicionales a las que ya nos hemos comprometido. Sin embargo, pareciera como si una fuerza malévola nos hubiera obligado a decidir que es mejor sentirnos ocupados que estar descansando.
Este mismo hecho le sucede a todas las personas que veo a mi alrededor, dado que la humanidad ha transitado de la sociedad disciplinaria a la sociedad del rendimiento. Este cambio de paradigma descrito por Chul Han argumenta que la sociedad posterior a la revolución industrial, donde las personas estaban regidas por normas y prohibiciones exteriores, se convirtió a partir del siglo XX en una sociedad del rendimiento, caracterizada por una opresión interior; el ser humano ya no es coaccionado a elegir o actuar de cierta manera por otros individuos, es uno mismo quien se autoexplota de forma voluntaria.
En consecuencia, la pausa se ha convertido en sinónimo de holgazanería, la clase de práctica que no da rendimientos a la sociedad misma y a los individuos que inconscientemente se oprimen y coaccionan para permanentemente estar ocupados.
Quisiera creer que la tendencia a la productividad es un fenómeno aislado, la clase de cuestión que únicamente afrontamos las personas jóvenes que recién nos estamos labrando un camino en la vida. No obstante, en un ejercicio de análisis de la cotidianidad, me he dado cuenta que esto no es así; en realidad todas las sociedades están experimentando procesos de velocidad acelerada. No solamente se quiere tener un crecimiento económico prolongado, también se genera en los individuos la necesidad de crecer en todas las áreas humanas frecuente e ininterrumpidamente.
De hecho, pensadores contemporáneos han empezado a articular definiciones a lo que nos sucede. Paul Virilio es un filósofo francés en el que encontré un concepto identificatorio de la satanización a la pausa. Según Virilio, la dromología es el estudio de la velocidad, entendiendo esta no como un proceso de desplazamiento físico, sino como un principio que rige el mundo. La sociedad contemporánea, presa de la autoexplotación, desea que todos sus integrantes estén en un tránsito constante entre un lugar y otro.
En un principio, exigimos a los más pequeños estudiar, no precisamente por ser este un ejercicio de adquisición de conocimientos, lo demandamos por la necesidad de que pronto logren formarse para así incrustarse en el mercado laboral. Luego, cuando ya han culminado sus primeros estudios, se le da a las personas la posibilidad de elegir qué profesión quieren desempeñar, aclarando que esta elección suele encontrarse influenciada por cuestiones externas, como la demanda de empleo o la proyección de la labor que se escogerá. Se genera aún más presión en esta última etapa de formación, pues las personas deben culminar sus estudios pronto para así no quedarse atrás en la carrera de conseguir un trabajo. Para muy al final, demandársele a las personas resignación, al tener que adecuarse a una profesión que no se tiene claridad si se escogió por conveniencia o por pasión, de tal forma que se siga creciendo, que se aumente la velocidad para ser mejor en todas las perspectivas posibles.
Esta realidad me conflictúa profundamente; en mis estudios de filosofía y literatura, vi cómo algunos de los pensadores más brillantes de todos los tiempos dejaban reposar sus obras tiempos prudentes, de manera tal que cada vez que la continuaban hubiera algo nuevo y creativo que decir. Por lo tanto, siento que la vida debería ser un poco más lenta. Comprendo que la dromología hace parte de la condición humana actual, también soy consciente de la instauración de la sociedad del rendimiento y la forma en la que nos exigimos a nosotros mismos, pero de todo esto no se sigue la incapacidad de ser reflexivos y procurar la pausa cuando la consideremos necesaria.
Por consiguiente, me he permitido pausar, disminuir la velocidad con la que vivo la vida, no tener varios trabajos al mismo tiempo e invitar a quienes pueden hacerlo a que lo hagan. Soy plenamente consciente de las dinámicas de la existencia humana, sé que cientos de miles de personas no ocupan dos o tres roles labores porque quieran hacerlo, sino porque lo necesitan para pagar un alquiler o sus deudas. Solo que, tal como lo veo, siento la necesidad de exponer la satanización de la pausa, para así disminuir la presión que sienten las personas en mi entorno.
Los cambios requieren tiempo y difusión, transformar el paradigma de una sociedad demanda esfuerzo, pero no hacerlo se traduce en un apaciguamiento al mundo. Reclamar la pausa, al menos desde este escrito, es un manifiesto que puede llegar a impactar a alguien, que le ayude a replantearse la forma en la que vive, en la que siente, en la que se relaciona; por ende, escribir, fomentar y defender la pausa es una necesidad que atravieso en mi temprana adultez.
Así, veo la reivindicación de pausar como un proyecto individual y colectivo, siento que cada uno tiene la capacidad pensar si aquello que está haciendo lo realiza por automatización o por un deseo genuino; tal y como lo hicieron mis estudiantes, que al cabo de leer La sociedad del cansancio se preguntaron si sus vidas en realidad estaban regidas por sus anhelos o por la presión de la velocidad. Sin duda, hemos satanizado pausar, pero también tenemos la libertad cognitiva de darle un nuevo significado al descanso, a la contemplación, a realizar nuestros procesos de forma autónoma y a nuestra propia velocidad.
Lucas Orozco Ramírez
Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Caldas (Colombia) y estudiante del Máster en Literatura Comparada de la Universidad Autónoma de Barcelona. Su trayectoria se ha desarrollado en los campos de la investigación académica, la docencia y la gestión cultural, con énfasis en procesos de apropiación social del conocimiento. Su interés académico se centra en la literatura hispanoamericana contemporánea, particularmente en torno a la memoria, la identidad y las narrativas de esperanza frente a contextos de violencia.
Ha participado en proyectos culturales y educativos orientados a comunidades vulnerables, como Shapers Talk. Asimismo, ha liderado procesos de formación humana y acompañamiento social en diversas organizaciones. En el ámbito profesional, se desempeña como traductor y editor, apostando por el poder transformador de la cultura como motor de cambio social.