Seno atrae entraña | Daniela Chaires Garza
Seno atrae entraña
Hace cuatro horas me acosté en mujer. Él duerme al lado mío. Su respiración revela a bocanadas una obstrucción nasal crónica, irrita mi oído derecho. Mi cuerpo reposa sobre la cama, bocarriba. Siento el grosor de la sábana en mi desnudez. Parpadeo ocho veces, con fuerza, y decido quitarme las piernas. Me sirvieron viernes y sábado, hoy no las quiero. Esta pieza de extremidades inferiores cala, embona mal con el resto de mi cuerpo.
Paseo mis manos por el vientre y siento con mis dedos el ombligo. Hago una pausa para apreciar con el tacto el tornillo que hace posible la unión de la pieza con mi torso. Acaricio esta cadera rígida que rechina. Bajo mis manos, siento ardor hasta el fondo de la cavidad vaginal y me pica el pubis: está podado. Este trozo de cuerpo incómodo luce dos piernas largas, semitorneadas y lampiñas.
Continúo, exploro. Subo mis manos hasta llegar a los senos. Traigo puestos los perforados. Estos se caracterizan por el picor alrededor de los pezones y de la piececita que los adorna. Anoche él me mordió el izquierdo, retumba en leves palpitaciones de dolor. Con delicadeza, desato los cordones que unen estos trozos de carne a mi pecho. Me acoge el alivio. Los dejo reposar al lado de mi cintura.
Acostada, subo estas piernas para alcanzar a verlas completas. Traigo un raspón en el muslo derecho, me lo hice anoche con su cinto. Veo cómo en cada rodilla apenas se pinta un círculo rosado-rojizo, me sirvieron de soporte anoche, a placer de este compañero.
Me siento, sin senos. Las piernas me cuelgan a la orilla de la cama y me dispongo a estar en pie e ir por otras. Camino hacia mi vestidor donde hay trozos de cuerpo para escoger. Intento andar firme, pero chirrían a cada paso.
En un estante alto y de cristal posan todas mis opciones: las piernas de invierno, velludas y con más grasa para cubrirme del frío; las musculosas para el entrenamiento físico y las delgadas para ciertos pantalones. Todas cumplen con algún concepto de belleza hegemónica.
Veo y elijo las más cómodas. Las que me acompañaron en la adolescencia y crecieron conmigo. Tienen folículos con vellos enterrados y cicatrices de la niñez. Son de un tono bronceado no uniforme. Las saco del estante con cuidado y las dejo en el suelo.
Bajo mi cuerpo y caigo a reposar al lado de ellas. Con mi espalda pegada al piso, uso mis brazos para separar esta pieza incómoda de mi torso. Desajusto el primer broche. Quito las grapas, sangro. Llego a uno de los dos tornillos que asegura la unión completa. Tomo una herramienta y aflojo.
Otros órganos y sistemas me avisan: siento dolor. Mis axilas lloran, por mis costados resbala sudor ácido y mi piel se eriza. Paso al segundo tornillo, ya con mayor sensibilidad al dolor, maniobro rápido. Quito el resto de las grapas y por fin: soy tórax, brazos y cabeza. Cuerpo sin añadidos.
Reposo en el piso. Descanso de ornamentos, de feminidad. Cierro los ojos. Con mis manos siento un desnivel en mi caja torácica, el hueco donde van los senos. Me alivia no traerlos, es carne que pesa y late siete días al mes.
Bajo mis manos y toco mi última parte. Ya no traigo las paredes viscosas ni los labios irritados. Descanso.
Mi tranquilidad se interrumpe, él despertó. Escucho resortes del colchón, se levanta, se pone las pantuflas, primero una y luego otra. Camina hacia acá. Se dirige al baño. Le sonrío y levanto las cejas. Me ve.
Él pasa, cruza el espacio.
Yo me quito y me pongo. Senos, nalgas o piernas. En ocasiones solo traigo un seno porque olvido el otro. En la camioneta o en el buró. Aun así: su entraña se complace. Y no se da cuenta.
Daniela Chaires
(Monclova, Coahuila, 2000). Estudió Idiomas en la Universidad La Salle Saltillo. Fue representante de su institución en la Bienal de Escritura Creativa (2023) y en el Festival Lasallista de Arte y Cultura (2023). Participó en la coordinación de la antología Random Soy: poemas escritos desde la infancia (Arboreto Ediciones, 2023). Colaboró en la gestión de proyectos de literatura infantil y del Writer’s Program de Harmony School. Ha publicado en las revistas Armas y Letras de la UANL y Tropo a la Uña de Cancún, Quintana Roo. Todo el día piensa en escribir. Y llora de miedo al empezar un cuento.