LAS GRIETAS DEL LENGUAJE | Silvia Carús
Las grietas del lenguaje
Me llamo Cecilia y colecciono palabras rotas. No lo cuento mucho, porque cuando lo digo en voz alta la gente piensa que hablo en metáforas. No. Tengo un frasco con etiquetas, una librería con registros, un cajón para las que se deshacen si las tocas. No soy filóloga ni bruja; soy alguien que escucha. Aprendí que las palabras hacen ruido cuando a punto están de partirse. Crujen. A veces suplican.
Vivo en un piso pequeño, en el borde de una avenida que no sale en los mapas turísticos. También vivo en el margen del lenguaje. Es un lugar real. No tiene farolas ni señalización; tiene manchas de tinta seca y restos de cinta adhesiva. Allí terminan las reglas y empieza lo que nadie regula. Es donde trabajo.
La primera palabra que guardé fue “lluvia”. Llegó un verano, sin nubes. La traje envuelta en servilletas después de oír a una mujer decir “llueve” al colgar una llamada que esperaba desde hacía meses. No había una gota en el cielo; el aire estaba quieto. Pero a su voz le faltó algo y “lluvia” cambió de sitio. Desde entonces, cada vez que alguien dice “llueve”, yo escucho “abrazo que no se da”. En mi libreta anoté: “lluvia: ya no moja; duele”.
Después vino “hogar”. El sonido estaba intacto, limpiecito, casi orgulloso. El sentido, no. Lo encontré en un portal con buzones rotos. Una niña preguntó si podían volver a casa y nadie supo responderle. Me guardé la palabra en el bolsillo. Ese día escribí: “hogar: lugar del que te alejan o al que no regresas”.
Tengo estantes con tarros transparentes. En uno guardo “siempre”, que se partió en dos mitades que no encajan. En otro, “nosotros”, palabra tímida que tiembla si la pronuncian dos personas a la vez. En una caja de zapatos vive “promesa”: cada vez que la abro, algo se apaga como una luciérnaga.
No intento arreglarlas. Aprendí que las palabras no vuelven exactamente a lo que fueron. Puedo coserles los bordes, limpiarles el polvo, ofrecerles silencio. Eso es todo.
A veces salgo a recoger nuevas. Las encuentro en conversaciones que se cortan, en paredes donde alguien escribió algo y luego lo borró mal, en papeles de cocina con teléfonos sin nombre. Camino sin prisa; afino el oído. El margen del lenguaje se abre cuando la calle está cansada. Allí escucho mejor.
Una tarde llegó un hombre que hablaba en susurros. Traía “mañana” envuelta en papel de periódico, sangrando tinta por las sílabas. La puso en mi mesa como un pajarito herido.
—¿Puedes salvarla? —me preguntó.
La miré a contraluz: tenía grietas profundas y un hueco donde debía ir la esperanza.
—Puedo sostenerla —le dije—, pero no puedo devolverle lo que le quitaron.
Se quedó un rato mirando por la ventana y luego se marchó sin aceptar que le cobrara. No pongo precio a lo que se nos cae de las manos.
A veces vienen estudiantes, periodistas o vecinos. Me dejan una palabra y se llevan otra. Les muestro “verdad”; una puerta con cerradura oxidada que se abre poco a poco y chirría. Les advierto que hay que empujar con los hombros. Se van pensativos.
No destruyo el idioma; documento sus quiebres. El lenguaje se rompe solo, por uso, por miedo, por amor. Y cuando eso sucede, deja escapar significados nuevos, más cercanos a lo que sentimos pero no sabemos decir.
Lo que guardo no es un archivo muerto, es un refugio. Aquí las palabras descansan hasta encontrar una nueva forma de existir. Algunas vuelven al mundo transformadas; otras prefieren quedarse.
He llegado a pensar que el idioma es como una ciudad en constante derrumbo y reconstrucción. Si nadie mira las grietas, corremos el riesgo de que todo se venga abajo sin notarlo.
Creo que un idioma con márgenes amplios admite más personas. Las reglas deberían tener puertas y ventanas, para que el aire circule y las voces no se ahoguen.
Por eso sigo aquí. Con mis frascos, mis etiquetas torcidas y mi libreta de definiciones imposibles. No sé si lo que hago servirá para cambiar algo, pero al menos, cuando una palabra me mire y me pida auxilio, no tendré que decirle que no supe escuchar.

Soy Silvia Carús, escritora, poeta y narradora bilingüe (español – portugués).
He sido finalista del I Premio Internacional de Novela Corta Romántica Sanditon,
en homenaje a Jane Austen, con mi obra Su último papel. También he recibido
el Premio de Honor Tulipán de Oro (Costa Rica, mayo 2025) y múltiples diplomas
internacionales por mi labor literaria, poética y ambiental.
Presidenta de la UM.P.E.M.M. (Filial México – Madrid y el Mundo), coordino dinámicas
literarias que promueven la creatividad, la identidad cultural y la sensibilidad humana.
He participado activamente en ferias, recitales y encuentros virtuales, como la Feria
Virtual del Libro de Uruguay 2025, donde presenté mi novela Desaparecidos.
Entre mis obras destacadas se encuentran Corazón de Alambre, La ladrona de Tormentas
y el relato Las grietas del lenguaje, una historia que explora los márgenes del idioma
y el poder de las palabras para transformar realidades.
Mis textos combinan profundidad emocional, realismo mágico y crítica social,
con una marcada sensibilidad poética.
Creo que las palabras tienen el poder de transformar y sanar, y por eso escribo:
para tocar almas, despertar memorias y sembrar luz en medio de la niebla.