Por qué Hitler ganó la Segunda Guerra Mundial
Por qué Hitler ganó
la Segunda Guerra Mundial

Nos contaron que la Segunda Guerra Mundial terminó en 1945 con un suicidio en un búnker y un desfile de banderas sobre los escombros de Berlín. Nos vendieron esa historia como un cuento de hadas moral donde la Razón y la Libertad derrotaron a la locura y la tiranía. Es un relato reconfortante, el mito que nos permite dormir por la noche. Es una mentira monumental.
La verdad, una verdad brutal que el filósofo francés Michel Serres lanzó como una granada, es que Hitler ganó la guerra. En su ensayo Traición: la thanatocracia, Serres escribió el diagnóstico que nadie quería oír: “Nos convenceremos de que hemos vivido y vivimos bajo la posteridad de Hitler: me parece demostrado que él ganó la guerra tal como se decía de los griegos, que la habían ganado contra los romanos después de su derrota”¹. Esa frase no es una simple floritura retórica; es una autopsia histórica.
Roma, con sus legiones, aplastó a Grecia. Fue una derrota militar total. Pero después, Roma empezó a pensar en griego. El poeta Horacio lo sentenció: “La Grecia cautiva cautivó a su fiero vencedor”. Este es el modelo exacto de la victoria de Hitler. Su derrota militar fue el caballo de Troya que inoculó su lógica en el sistema operativo del planeta. Para entender esta catástrofe, solo necesitamos dos radiografías: la de Serres, que llamaremos Thanatocracia, y la del historiador Enzo Traverso, que llamaremos el Fantasma.
El Diagnóstico de Serres: El Triunfo de la Thanatocracia
El argumento de Serres es que la verdadera victoria de Hitler no fue militar, sino sistémica. Fue la instalación de una paranoia hitleriana como la lógica fundamental de todos los Estados de la posguerra. La locura ya no era un individuo en un búnker; la locura se convirtió en la arquitectura misma de la Razón.
El motor de este apocalipsis —el triángulo de ciencia, industria y estrategia militar— se ha perfeccionado con una eficiencia aterradora. Nació con la bomba atómica, mutó en el Silicon Valley y hoy ha alcanzado su forma más pura: la Inteligencia Artificial. Y seamos honestos, este mismo texto está siendo afilado con la ayuda de una IA. Su verdadera potencia, su ADN sistémico, se revela cuando esa misma tecnología diseña un dron autónomo programado para estrellarse contra un hospital. Esa es la Thanatocracia 2.0; la ciencia despojada de toda ética, reducida a pura eficiencia operacional para la muerte. Hitler perdió porque su proyecto era nacionalista. Pero ganó porque su método, la fusión total entre tecnología y barbarie, fue universalizado por quienes lo vencieron. Ellos no destruyeron el arma, se la quedaron.
El Diagnóstico de Traverso: El Fantasma Rentable
Si Serres nos da la estructura, Enzo Traverso nos muestra el software. Traverso nos enseña que no solo vivimos bajo el sistema de Hitler, sino que estamos gobernados por su fantasma. La Segunda Guerra Mundial, y en particular el Holocausto, no es un evento histórico. Se ha convertido en la “metáfora del siglo XX”. Vivimos en lo que Annette Wiewiorka denominó la “era del testigo”².
Pero aquí está la trampa: su fantasma ha sido expropiado y convertido en la justificación universal para la violencia del presente. La memoria del Holocausto ya no sirve para prevenir futuros genocidios, sirve para legitimar nuevas guerras. Vemos al Estado de Israel, fundado sobre las cenizas de un genocidio, justificar la masacre sistemática del pueblo palestino en Gaza invocando su propio trauma. El fantasma del Holocausto no sirve para generar empatía con el oprimido; se ha convertido en un cheque en blanco para convertirse en opresor. Es la victoria cultural definitiva de Hitler, la perversión total del “Nunca Más” en un “Ahora Nos Toca a Nosotros”.
Cada nuevo enemigo es el “nuevo Hitler”. Nasser fue Hitler, Gadafi fue Hitler, Saddam Hussein fue Hitler, Putin es Hitler, Netanyahu es Hitler. La lista es un carrusel macabro de analogías perezosas. Y seamos brutalmente honestos: todos hemos caído en esta trampa. Al gritar “¡Hitler!” para señalar al nuevo tirano, creyendo que era un acto de resistencia, nos convertimos en engranajes de la misma lógica que pretendíamos combatir.
El Mundo como Búnker
Solo hay que conectar los cables. Serres nos dice que el sistema que gobierna el mundo es una máquina de muerte racionalizada. Traverso nos dice que la justificación moral que la legitima es la invocación constante del fantasma de Hitler. La victoria póstuma es total. El hardware y el software del apocalipsis están instalados. Vivimos en un búnker global, diseñado por la paranoia de Hitler y decorado con los fantasmas de sus víctimas. Y seguimos creyendo que somos libres.
La próxima vez que escuchen a un político justificar una guerra para detener a un “nuevo Hitler”, no piensen que está combatiendo el fascismo. Está rindiéndole tributo. Está confirmando que, casi un siglo después, el único lenguaje de poder que entendemos es el que él nos legó. Está admitiendo, sin saberlo, que el Führer, desde la tumba, sigue ganando.
El mal no fue derrotado.
Fue optimizado.
NOTAS
¹ Michel Serres, “Traición: la thanatocracia,” trad. Luis Alfonso Palau Castaño, Ciencias Sociales y Educación 1, no. 2 (julio-diciembre de 2012).
² Enzo Traverso, “Historia y memoria. Notas sobre un debate,” en Historia reciente: Perspectivas y desafíos para un campo en construcción, comp. Marina Franco y Florencia Levín (Buenos Aires: Editorial Paidós, 2007).
