La memoria de Latinoamérica se cuenta en crónica
La memoria de Latinoamérica se cuenta en crónica

¿Quién guarda las huellas de un pueblo cuando el polvo del tiempo empieza a borrarlas? La crónica no corre detrás de la noticia; camina junto a ella. La observa desde distintos ángulos y espera el momento en que revela su verdadera forma. En América Latina, donde la historia se escribe con el pulso de la calle y la memoria colectiva, la crónica es más que un género: es una manera de resistir al olvido. Es una realidad que no cabe en un titular, pero que se deja contener en párrafos largos llenos de emociones, testimonios y recuerdos. Es el gesto paciente de quien se detiene a escuchar la voz baja en medio del ruido, de quien sabe que en los márgenes a menudo se esconde el corazón de lo que somos.
En América Latina, la crónica no es solo un género periodístico, sino un testigo y un refugio de la memoria del pueblo. Es la forma en que hemos contado guerras, dictaduras, fiestas patronales, muertes y amores imposibles. A diferencia de la noticia breve, la crónica se queda más tiempo, mira más de una vez y captura matices que ninguna estadística podría reflejar. En tiempos donde la velocidad es un valor y el olvido un hábito, la crónica es un acto de resistencia. No persigue el instante, sino el sentido. Su oficio es mirar más despacio para contar lo que la urgencia deja fuera del encuadre.
Gabriel García Márquez decía que la crónica era el género ideal para contar América Latina y fue el formato que eligió para gran parte de su trabajo periodístico, desde «Relato de un náufrago» (1955) hasta «Noticia de un secuestro» (1996). Su defensa del género no era casual: veía en la crónica la posibilidad de unir la precisión del periodismo con la fuerza narrativa de la literatura. Décadas después, Leila Guerriero recuerda que, en un mundo saturado de inmediatez, “estos textos largos ayudarán a entenderlo mejor que a través de la línea de un flash”. No se trata solo de nostalgia por un periodismo más pausado, sino de reconocer que hay realidades que solo se revelan cuando se las mira con el tiempo necesario, cuando el apuro deja de dictar el relato.
Nuestra región aprendió pronto que no basta con informar, tenemos que contar. Desde las crónicas incisivas de Gabriela Wiener hasta las investigaciones narradas de Rodolfo Walsh, desde la prosa afilada de Elena Poniatowska hasta las reconstrucciones minuciosas de Leila Guerriero. La crónica ha sido espejo y archivo de nuestras alegrías, violencias, derrotas y pequeñas victorias cotidianas. Mientras otros géneros se conforman con describir, la crónica busca que el lector esté ahí, que huela, escuche y sienta.
También es un acto político. En países donde la historia oficial suele escribirse desde los palacios, la crónica ha recogido voces que no aparecen en el boletín gubernamental: madres que buscan a sus hijos, obreros que protestan, músicos callejeros que improvisan himnos para el pueblo. Y no solo ha documentado tragedias; también ha capturado celebraciones, triunfos, rivalidades deportivas porque Latinoamérica no se entiende solo en cifras: necesita de sus historias.
Algunos dirán que la crónica es un lujo que el periodismo actual no puede permitirse. Que la inmediatez manda y que los lectores no tienen paciencia para leer cinco páginas sobre un mercado o un barrio. Y es cierto que vivimos en una época en que los titulares duran lo que un clic, pero frente a la velocidad que deshumaniza, la crónica ofrece tranquilidad y profundidad. Como dice Marco Avilés: “Los cronistas somos ese tipo de periodistas que no sienten culpa por llegar tarde al lugar de los hechos”. Esa aparente demora no es descuido, sino una apuesta. Llegar después permite ver lo que otros pasaron por alto, escuchar lo que el ruido del momento no dejó oír. Precisamente por eso, la crónica se vuelve más necesaria.
En estos tiempos de velocidad informativa, donde las noticias caducan antes de ser digeridas, la crónica resiste como un género de pausa. El cronista se queda más tiempo, pregunta más de una vez, espera a que el silencio hable. Y en ese ritmo más lento, encuentra matices que ningún algoritmo detecta. Defender la crónica en América Latina es defender nuestra memoria y nuestra manera de entender el mundo más allá del instante. Mientras haya quienes quieran entender y sentir, no solo saber, lo que ocurre. Solo así es como la crónica seguirá encendiendo pequeñas hogueras contra el olvido.

Nikkol Benavides es estudiante de Periodismo con especial interés en temas de género, cultura y educación.
nikollbenavidessoria@gmail.com