Almost Blue
Almost Blue

De pie, frente al espejo del baño, Chet siguió pensando en las últimas palabras de su padre. Quería aprovechar el tiempo y componer un par de canciones. La trompeta estaba sobre la cama. El amanecer de Ámsterdam era templado y agradable. Jugaba con su dentadura postiza. Ya había logrado acomodarse a tocar la trompeta con ella puesta.
Chet miró el encantador amanecer sobre el cielo. Se preguntaba si todo en su vida había sido justo. Encendió un cigarrillo y tomó un sorbo de Jack Daniels. Su mal estado de salud era evidente. Pasaba tomando café con pedazos de pan tostado. Fumar, beber y consumir drogas era su mayor pasatiempo.
Su abatimiento interior le estaba dejando el alma en carne viva. Decidió salir a la calle y comprar una dosis de heroína. Bajó del segundo piso del Hotel Prins Hendrick faltando veinte minutos para las tres de la madrugada. Pensó que el tiempo se había congelado. Pensaba en sí mismo en tercera persona, como si fuera otro.
Lo agobiaba la carga de sentimientos humillantes. Pero no estaba decidido a compartir su tragedia con nadie. De hecho, esta situación lo haría sentir peor. Miró con rabia la soledad de la calle. Se sintió desolado como un pájaro que trataba de inventar un horizonte atardecido.
Era como avanzar dentro de un oscuro laberinto y tener los ojos vendados. Pero necesitaba algo más fuerte que los cigarrillos y el Jack Daniels. Sabía que, si no podía hallar heroína, no podría volver a hacer ese magistral chico blanco construyendo melodías de jazz con la trompeta.
No era un cualquiera. Era un músico privilegiado. Había tocado con Stan Getz y realizó una estupenda gira por la costa oeste de Estados Unidos al lado de Charlie Parker. Pero ahora su realidad era otra. Caminó tres calles abajo y se dirigió hacia un hombre vestido de negro que estaba sentado en una banca en una estación de buses. Chet caminó despacio, sacó el dinero de su bolsillo y se lo entregó al hombre, quien le entregó la dosis de heroína.
Regresó a prisa al cuarto de hotel. Buscó los utensilios necesarios para poder aplicarse la dosis. Se encerró en el baño y realizó la tarea con un poco de prisa. Se quedó tirado en el piso con la cabeza apoyada en la fría pared. Cerró los ojos y abrió la boca para tomar una bocanada de aire.
Pensó en sus años de infancia en Yale, Oklahoma. En todas las bellas melodías que había creado y soñó entonces con ser un ave. Un ave en libertad sobre un cielo infinito. Se levantó despacio y en la penumbra fue hasta el balcón del hotel y se arrojó en busca de aquello que el mundo nunca le había brindado…

Robinson Quintero Ruiz, escritor, docente y gestor cultural barranquillero, dirige la Gaceta Hojalata y coordina proyectos en Funcaribe y Ases del Saber. Autor de Tren de largo recorrido y El lado oscuro del trópico, ha sido reconocido con premios nacionales de poesía y cuento. Entre sus obras inéditas destaca la novela La vida se escribe todo el tiempo.
rquintero@his.edu.co