Pedazos de historia: el coraje de nombrarse

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ENSAYO | IDENTIDAD

Pedazos de historia:
el coraje de nombrarse

Yuleisy Cruz Lezcano

Al recorrer los pasillos del Museo Europeo de Solidarność en Gdansk, Polonia, entendí que hay momentos en la vida en los que uno no solo observa la historia: la atraviesa. Entré buscando información y salí con preguntas más profundas, atravesada por nombres, símbolos, voces rotas y otras que nunca llegaron a escribirse. La disidencia no es una palabra ligera. En muchas lenguas significa simplemente "diferir", pero en contextos autoritarios, ser disidente es un acto que puede costar la vida. No siempre lleva pancartas ni gritos, a veces basta una mirada crítica, un silencio incómodo, una risa que no encaja con la norma. En los años que marcó el comunismo en Europa del Este y también en mi propia tierra cubana, disentir era un peligro. Pero también era una forma de mantener viva la dignidad.

Los años de plomo ideológico no solo perseguían cuerpos: deformaban palabras, amputaban sentidos. Se imponían verdades únicas, narraciones oficiales que borraban lo que no encajaba. La censura no consistía solo en tachar o prohibir, sino en construir realidades paralelas. El fanatismo ideológico era un espejo deformante donde lo absurdo se vestía de heroicidad, y lo verdadero, de traición. En Cuba crecí entre esas narraciones. Aprendí a desconfiar de los discursos monocromos y las fechas glorificadas. En la escuela repetíamos consignas, pero no sabíamos los nombres de los que desaparecieron por pensar distinto. Nunca se nos enseñó que se puede amar un país y, al mismo tiempo, disentir con su sistema.

En Gdansk, frente a las vitrinas del museo, sentí que muchas piezas faltantes de mi propio mapa interior empezaban a encajar. Leí las 21 demandas de los obreros polacos, escritas con letra clara y punzante. No eran gestos radicales, eran pedidos humanos: salarios justos, sindicatos libres, respeto. Pedían poder nombrar la realidad tal como era, no como se les decía que era. Y eso dar nombre a lo que se vive, es uno de los primeros actos de libertad. La lucha de Solidarność no fue solo sindical: fue simbólica. El nombre mismo: solidaridad, fue un estandarte que rompió fronteras. No apelaba solo al obrero o al intelectual: llamaba a todos. Ese nombre condensó una utopía que no era abstracta, sino concreta, cotidiana: construir una sociedad donde se pudiera hablar sin miedo.

El museo está lleno de símbolos: cascos, pancartas, un viejo camión antidisturbios, el despacho donde Lech Wałęsa escribió discursos entre cables y teléfonos pinchados. Pero lo que más me golpeó fue la ausencia. Los vacíos. Los rostros sin nombre en las fotos, los documentos sin firma, los libros escondidos, los ecos de voces que el régimen intentó callar. Porque ahí está el verdadero significado de los símbolos: en lo que evocan, en lo que resisten, en lo que aún quieren decir aunque ya no haya quien los pronuncie. Identidad no es una herencia, es una conquista. Y conquistarla implica renunciar a la comodidad de lo impuesto. Requiere mirar de frente las sombras de nuestra historia, incluso cuando son nuestras. La utopía no está en un futuro idealizado: habita en los gestos del presente que desafían lo inamovible. En la carta escondida, en la huelga silenciosa, en el grafiti anónimo, en el acto de recordar cuando todo invita a olvidar.

Mi visita al museo no fue un acto turístico. Fue un reencuentro con pedazos de historia que también me pertenecen, aunque ocurrieran lejos. Porque la disidencia, la esperanza, la censura, la utopía… no tienen pasaporte. Son heridas y cicatrices que compartimos, a veces sin saberlo. Lo que pasó en Gdansk me ayudó a entender lo que pasó, y aún pasa, en La Habana, en Varsovia, en Caracas, en Santiago, en cualquier lugar donde la verdad esté bajo sospecha.

Hoy, al escribir estas líneas, intento dar nombre a esa sensación que me acompañó a la salida del museo. Tal vez era eso: la conciencia de que para cambiar la historia, primero hay que atreverse a contarla. Hay museos que se recorren con los ojos. Otros, como el de Solidarność en Gdansk, se atraviesan con la piel, con la memoria y con la herida. Allí, mientras observaba los objetos cotidianos convertidos en reliquias, una máquina de escribir oxidada, un carnet sindical arrugado, una bandera cosida a mano, entendí que toda lucha por la dignidad comienza por salvar las palabras del olvido.

En mi país de origen, Cuba, hubo un tiempo en que “decir” era más peligroso que hacer. Aprendí muy pronto a leer entre líneas, a desconfiar del lenguaje uniforme. Recuerdo los silencios alrededor de la mesa cuando alguien hacía una pregunta incómoda. Recuerdo el miedo, disfrazado de disciplina. La historia oficial era una autopista sin desvíos, y quienes intentaban tomar otra ruta eran simplemente borrados del mapa. Y sin embargo, incluso en las dictaduras más sólidas, hay rendijas. La disidencia se filtra por los intersticios: en un chiste, en una canción censurada, en la radio escuchada a escondidas, en la carta sin destinatario. La utopía no desaparece: se transforma. A veces, en nostalgia. Otras, en rabia. A veces, en fe.

Cuando caminé por la reconstrucción del Muro de los 21 puntos en el museo, pensé en cuántos muros invisibles aún existen. En cuántas constituciones prometen libertad de expresión mientras persiguen a quien la ejerce. Pensé también en lo fácil que es, desde la distancia, convertir a los movimientos sociales en estatuas de mármol, en mitos sin contradicciones. Pero la historia, la verdadera, está hecha de matices. Solidarność fue una chispa en medio de la oscuridad, pero también un campo de tensiones. Lo supe después, leyendo con más atención: la iglesia, los partidos, los oportunismos. El movimiento que nació de los trabajadores terminó sirviendo intereses políticos que no siempre los representaban. A veces, los símbolos se vuelven tan poderosos que acaban devorando a quienes los crearon.

¿Dónde empieza la traición a una causa? ¿En el momento en que se gana, o en el instante en que se institucionaliza? Me pregunto si Lech Wałęsa, el electricista convertido en presidente, se sentía más libre en los astilleros o en los despachos de gobierno. Me pregunto qué sintió al saber que su nombre era una esperanza para millones, y a la vez, un blanco de sospechas. Tal vez, como todos los hombres que se convierten en símbolo, supo que no volvería a pertenecerse del todo. Y sin embargo, pese a todas sus contradicciones, Solidarność dejó una huella que el poder no pudo borrar. Porque su victoria no fue solo política: fue poética. Le devolvió a los polacos y al mundo la idea de que la disidencia puede ser colectiva, que no hace falta tomar las armas para desafiar un régimen, que basta con decir no al unísono. Que basta con hablar.

Yuleisy Cruz LezcanoPoeta de origen cubano residente en Italia. Su labor literaria se desarrolla en un diálogo constante entre culturas y memorias. Su escritura nace del cruce de identidades y paisajes interiores, rescatando la palabra como herramienta de dignidad frente al olvido.

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