MAR E INCIENSO

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NARRATIVA

Mar e incienso

Lorena Medina Martínez Dirksen

Él avanzaba sutilmente, aún en contra de las olas que intentaban en vano alejarlo. Los barcos iban quedando detrás, en un horizonte que se iba alejando indeciso, titubeante, pausadamente como si no quisiera confabularse con la historia para ser futuro. Los barcos, ajenos en el discurso paisajístico común al espacio, a ese espacio en que se abrían las puertas del tiempo intermedio entre nosotros y los otros. Él, tan seguro como cauteloso, avanzaba, movía las arenas con los mismos pasos que lo llevarían al encuentro de un mundo insospechado. Avanzaba al mismo tiempo que veía de reojo las aguas que lo trajeron de esa lejanía indescriptible, caminaba con un pausado andar que advertía su firmeza.

Ella observaba agudamente, aún en contra de los vientos que intentaban persuadirla. Los cantos de tambor tocaban al compás de sus pensamientos, proyecciones del mañana por descubrir, idealizaciones, caminos, veredas y arribos. La sabiduría, no la de los libros únicamente, también la de la intuición, la murmurada por el viento, la entonada por los ecos de la memoria. Los pensamientos, los leídos en el vaivén de las hojas, en las piedras verdes, en las plumas de quetzal. La voz, la aprendida en el crujido que le provoca el fuego a la leña, la escuchada en agüeros en voz de las ancianas. Ella, la portadora de conocimiento, la lengua, la mujer, la amante y la embajadora.

En medio de las magnánimas fricciones que los pasos de él provocaban sobre las arenas y los magnificentes destellos de sabiduría con que ella iluminaba el conejo que desde la luna apostaba por un hechizo, se acercaron. Sus labios, en una dualidad lingüística se descubrían cercanos bajo la luna y lejanos en la palabra. Sus miradas se desnudaban de los recatados algodones y de las historias que, sin haber sido compartidas, a partir de esa noche serían irónicamente comunes.

Se miraron.

Se recorrieron el color de la piel, la forma del cabello, la silueta de los labios donde adivinaban palabras aún no entendidas, las ropas extrañas, los olores a mar e incienso. Se recorrieron con argucia los pensamientos, las dudas y las respuestas. Se recorrieron el contorno de las ingles de donde partieron a una oscuridad nunca imaginada y ese día deseada.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó él.

—Malintzin —respondió ella en un lenguaje aún interrogante.

—Yo me llamo Hernán, vengo de lejanos lugares. ¿Me enseñarás tu tierra?

—Sí. Y tú, ¿me enseñarás tu idioma, tu pensar, tus intenciones?

—Sí, pero más que eso te procuraré fama y fortuna.

—No, la fama y fortuna no me la vas a dar tú, soy yo quien te dará a ti las palabras para lograr tu gloria, soy yo quien va en busca de mi historia.

El preludio se continuó en una danza de algodón y metal. El hombre de mar y la mujer de incienso se cortejaban con la mirada en una noche que avanzaba mientras sus manos florecían.

—Tu voz me despierta el deseo de recorrerte —musitó Hernán.

—Tu figura me incita la curiosidad de hacerte mío —replicó Malintzin.

Entre la composición sonora de olas y aves, fuego y hojarasca, la mujer de selva se fundió con el hombre de metal en un vaporoso acercamiento del que resucitarían proyecciones futuras, donde un pueblo arrastraría desde entonces una dualidad entre la historia y la anécdota anclado en un mestizaje de discurso.

Lorena Medina Martínez Dirksen


Lorena Medina Martínez Dirksen

Originaria de la Ciudad de México. Ha publicado poesía y cuentos cortos en revistas como Alaska Women Speak, Anestesia, Ibídem, Raíces, Alcantarilla, Fragmentos del Sur y Mediterranean Poetry, así como en el periódico Sol de Medianoche. Colaboró en la antología de fantasía Letras Súbitas.

En 2024, su poema «The Gift of a Place» fue elegido para el Walking Chapbook, exhibido en Ellensburg, Washington. Ha participado en eventos como Grito de Mujer, el proyecto Water Stories del Connecticut College, e Inland Poetry.

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