Reseña: Entre cuerpos programados y deseos obsoletos: la máquina de habitar en Los empleados
Entre cuerpos programados y deseos obsoletos: la máquina de habitar en Los empleados
En la nave Seis Mil, flotando más allá de cualquier planeta habitable, los cuerpos trabajan. Algunos son humanos. Otros no. Pero todos obedecen. Olga Ravn, en Los empleados, no describe un futuro lejano, sino un presente extendido: uno en el que la tecnología ha disuelto los límites del yo, y el trabajo ha colonizado incluso el sueño y la memoria. En ese espacio blanco y sin ventanas, donde las emociones son evaluadas por comités y la experiencia se archiva como residuo, el deseo se vuelve inútil. ¿Qué sentido tiene la nostalgia en una cultura diseñada para olvidar?
Este ensayo propone una lectura literaria y crítica de Los empleados como una meditación sobre la erosión de la subjetividad en entornos tecnificados. La novela, escrita en forma de declaraciones fragmentarias, denuncia la violencia silenciosa de los sistemas digitales que han hecho del cuerpo una extensión del dispositivo, y de la vida, una función más dentro de la cadena de datos. En este mundo, la diferencia entre lo humano y lo artificial ya no importa: todos son empleados.
Fragmentos del yo: cuerpos sin historia
Uno de los aspectos más inquietantes de la novela es su estructura. A través de declaraciones numeradas sin narrador fijo, la obra se construye desde una multiplicidad de voces que parecen repetirse, confundirse, casi desvanecerse. No hay nombres propios ni identidades claras. Esta despersonalización no solo reproduce la organización jerárquica y funcional de un entorno corporativo, sino que también representa la pérdida de una voz interior, de una subjetividad unificada.
Cada testimonio es un eco de experiencias rotas. Algunos hablan de un objeto misterioso que altera sus sueños. Otros mencionan sensaciones corporales que no pueden nombrar. La forma fragmentaria no es solo un recurso estético: es el retrato de una subjetividad estallada, dispersa entre turnos de trabajo, informes de conducta y protocolos que rigen incluso la forma de sentir.
En un entorno dominado por la tecnología, el cuerpo se convierte en el lugar de la tensión. Ya no es un centro de experiencia autónoma, sino un espacio intervenido por sistemas que lo corrigen, lo programan, lo silencian. Lo que Los empleados muestra con inquietante belleza es que, en la era de la eficiencia absoluta, incluso la sensación se vuelve sospechosa. Lo que no puede ser cuantificado es percibido como ruido.
Trabajo, tecnología y control emocional
La nave Seis Mil no necesita látigos ni gritos. La disciplina es más sutil: se presenta como sistema, como organización, como orden natural. Los personajes están sometidos a un régimen de trabajo que no termina nunca. No hay espacio para el ocio, ni para el error. El cuerpo no descansa, solo se reconfigura. La eficiencia es la única virtud, y las emociones deben ser reguladas como fallas de código.
Esta situación refleja de manera metafórica pero precisa el modelo de organización laboral contemporáneo. En una cultura digital gobernada por plataformas, métricas y algoritmos, el trabajo ya no termina en la oficina: se extiende al cuerpo, a la casa, al tiempo de sueño. La economía de la atención y la hiperconectividad han creado un entorno en el que estar disponible todo el tiempo es una exigencia implícita.
En la novela, los empleados son evaluados por su capacidad de adaptarse. Las emociones que no se alinean con los objetivos de la organización son patologizadas. La tristeza, la nostalgia, el deseo, son tratados como errores. La tecnología no aparece como una herramienta neutra, sino como una estructura que define lo posible, que regula lo que se puede decir, sentir y recordar.
El lenguaje tecnificado, administrativo, es parte del problema. Las declaraciones de los empleados están llenas de frases que podrían pertenecer a un manual de recursos humanos: «No me opongo a los cambios, pero…»; «Me esfuerzo por mantener una actitud positiva». La subjetividad ha sido invadida por un discurso funcional, y esa invasión es tan profunda que incluso el deseo de resistir aparece filtrado por el protocolo.
Entre humanos y humanoides: la subjetividad colapsada
Una de las preguntas centrales que plantea Los empleados es: ¿qué diferencia hay entre un ser humano y un ser programado para parecer humano? A medida que avanza la lectura, esta distinción se vuelve cada vez menos relevante. Las declaraciones no permiten saber con claridad quién es humano y quién es artificial. Todos desean, todos sufren, todos están perdidos.
Esta ambigüedad es una estrategia literaria poderosa. Al borrar la frontera entre lo natural y lo artificial, la novela obliga al lector a confrontar su propia condición. En un mundo donde los humanos se comportan como máquinas, y las máquinas adquieren rasgos humanos, ¿qué queda de la humanidad? El problema no es que los humanoides se parezcan a nosotros, sino que nosotros nos hemos vuelto intercambiables.
En este sentido, Los empleados se puede leer como una crítica al modelo de sujeto promovido por el capitalismo digital: un sujeto flexible, optimizado, capaz de adaptarse a cualquier entorno, pero vaciado de memoria, de historia, de raíz. La novela no denuncia a la tecnología en sí, sino a una forma de organización social que ha hecho de la vida una extensión del sistema.
Conclusión: escribir contra la máquina
Los empleados no ofrece respuestas fáciles. No hay revolución, no hay escape, no hay redención. Pero hay grietas. En medio del silencio estructurado de la nave, las voces comienzan a titubear, a desear, a imaginar. Y ahí, en ese titubeo, se abre la posibilidad de una crítica. Escribir, en este contexto, es un gesto de insubordinación: una manera de habitar el lenguaje fuera del protocolo, de recordar que fuimos algo más que funciones.
Este ensayo no busca nostalgia por lo humano, sino una alerta: si no recuperamos el derecho al deseo, al error, al cuerpo que no produce, pronto también seremos empleados sin historia, procesando datos en una máquina que ya no necesita que sintamos. Solo que funcionemos.
Erik Antonio Baca Ramírez
(1995). Licenciado en Humanidades por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, campus Cuauhtémoc. Es docente universitario con experiencia en el ámbito académico.
Escribe poesía desde temprana edad y, recientemente, ha sentido la necesidad de escribir reseñas literarias, algunas de las cuales se han publicado en distintos medios. Es amante de la lectura y del pensamiento como espacio de encuentro y creación.