Presencia
Presencia
Desde hace siglos camino. Detrás, el rastro de mi andar es una huella indeleble. Es de admirar las formas que de la genética de las ciudades nacen, pero si observas a través de sus arterias hallarás sangre, la muerta que embebió la tierra del valle, la viva que fluye a contracorriente. No ha habido tregua en cada paso, la tierra que los pies recogen la llevo de un lugar a otro mezclando los granos de todo México. A veces se me aparece una voz suave, cada día más queda, mi madre diciendo:
—Falta poco, hija. Que de tus ojos desaparezca el miedo.
Hubo un tiempo en el que me llamaban por mi nombre y hablaba de otro modo. De mi madre y mi padre recuerdo sus sabias palabras, desde pequeña me enseñaron a vivir de buena manera, pues era esencial la honorabilidad. Teníamos nuestras creencias. Luego de tanto tiempo se olvidan, se desfiguran o son decapitadas. Mi padre fue un hombre ejemplar: en algunas ocasiones me miraba desde la piel de un animal inanimado, animado por sus hábiles movimientos, la mayoría de veces con seis hombres caminando entre el aroma de resinas; estábamos en torno a él, con orgullo en los ojos, sus brazos se extendían livianos cubiertos de láminas de bronce, la sombra se hacía grande, protectora aerodinámica, y se elevaba cubriéndonos de los rayos fieros del sol.
—¿Qué es lo que haces con la arcilla, querida hija?
—Un ave.
—¿Qué utilidad tendrá?
—Es un símbolo. Me gustaría que la pongan sobre mi cuerpo inerte.
En el tiempo de mi madre y padre, pensaba en lo que significaría mi muerte, esa sencilla escultura me recordaba el privilegio y el sentido de mi viaje, daba cierto descanso a mi espíritu. La comunidad realizaba sus prácticas habituales, cuando las presenciaba, el viento arrastraba el olor a sangre que al entrar en mi pecho se transformaba en miedo, entonces corría hacia donde guardaba el ave para reforzar la convicción de mi ofrecimiento.
Algo extraño sucedió el día que abrí los ojos, no había despertado aún, me deslizaba por calles retorcidas y grises, mis ojos se ahogaban, ¿en dónde está el valle de mis padres? Las piedras, pobladas de incrustados ángeles, hundieron los antiguos caminos, uno de ellos era el de mi viaje. Todo fue moldeado sobre nosotros: vivos y muertos, y resultó algo semivivo, semimuerto.
—Camina, hija. Comienzan a sonar los tambores.
Todo se movía como si tuviese vida, pero el color gris permanecía. No era un sueño, estaba extraviada, me convertí en un ser errante. La realidad se me presentó en cada suceso, nunca de la manera en que lo hizo el siglo pasado. En ese tiempo estaba lejos de mi tierra, andaba por los caminos del Viejo Mundo. Jamás vi tanta oscuridad en el cielo como aquella mañana: la calma fue arrancada de golpe, embistió el fragor más infernal reventando oídos, ojos y corazones, pero todo esto no se trataba de un combate florido cuerpo a cuerpo sino de poderes perversos, grandes aves sin plumas y fierros reptantes destruyeron todo por razones incomprensibles; en lugar de tambores y de resinas olores, el aire llevaba lamentos, estruendos, hedor; el cielo atacaba a la tierra y la tierra al cielo. El monstruo rugió, ensordeció a todos, enmudeció a todos, mutiló al mundo.
—Comienza con lo que te corresponde, hija, anda, tranquila. El sonido de los tambores sonaba cada vez más fuerte, mi madre acariciaba mi pelo.
No era Tzinacan. Es un gigante de botas rocosas, en las suelas lleva la sangre de cada pueblo en donde se planta, se aparece en cualquier parte del mundo y en cualquier tiempo. El asesino esconde su identidad bajo cada cambio de piel, crecen las plantas y creo que no lo he visto, entonces, cuando llega a mí la idea utópica de su desaparición, me doy cuenta de que una vez más ha cambiado su forma, nunca muere, quiere lo mismo siempre.
—Hablarás con ellos, hija, y estarás a su lado. No temas —decía mi madre mientras yo danzaba.
En los últimos años de aspirar los aromas de mi valle, sabía que ese día llegaría, que mi corazón ardería, y sabía (dicho mejor: creí) que ascendería. Pero llevo siglos arrastrando los pies.
Cierra los ojos.

Marlene Palma Vieyra
(Estado de México, 1989). Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Entre las artes que más aprecia se encuentran la música y la literatura, siendo esta última el ámbito en el que ha desarrollado parte de su labor creativa.
Su obra ha sido editada y difundida en formato digital por el INPI, donde se incluyen los cuentos Voces del Volcán y los romances El camino de cempasúchil. Ha publicado con la editorial Alas de Cuervo los cuentos “Rectángulo en la noche” (en la antología Relatos Fúnebres) y “Regresaré a buscar la llave” (en Criaturas nocturnas II). En la revista Las Vetas del Azogue (Otoño 2024) apareció su cuento “La puerta perdida”.